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November 3, 2019

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Pan y circo

April 22, 2018

El bagaje cultural que Roma legó a la sociedad moderna es inconmensurable. De aquel poderoso imperio surgieron el alfabeto y las lenguas romances, el derecho romano, paradigmas colosales de la arquitectura e ingeniería y una huella indeleble en el campo de las artes y la literatura que dice presente en casi todos los detalles de nuestra vida cotidiana. El refrán dice, y con razón: "Todos los caminos conducen a Roma"; en lo que atañe a nuestra forma de esparcimiento, también le debemos “mucho” a dicha civilización.

Los emperadores y sus edecanes organizaban con dinero propio los juegos públicos para ganar la simpatía del pueblo. Debido a los grandes réditos en popularidad, paulatinamente fueron incrementando su dimensión festiva y política, hasta convertirlos en un descomunal aparato publicitario en manos de la clase dirigente. Los romanos enfocaron aquellas parafernálicas galas como un espectáculo de masas, como un instrumento de entretenimiento usado por las clases dirigentes para afianzar su poder. Cuanto más extravagantes eran los juegos, mayores los réditos políticos de sus patrocinadores. Se puede inferir que valía la pena el ardid de la inversión, pues la maniobra política generaba pingües ganancias.

 

Pero no solo de diversión vive el hombre; además hay que darle algo de comer. Ese detalle -también contemplado por los romanos- quedó para la posteridad con la célebre frase "pan y circo". Esta locución de origen latino tiene connotaciones despectivas en la actualidad y describe el efecto anestésico que se inocula a la población mediante comida barata y un poco de entretenimiento. La estratagema original era ocupar y distraer la mente de la caterva. Aquella versión original mutó según la geografía. Así, podemos encontrar "pan y toros", "pan y fútbol" o las diferentes variantes que puedan aparecer a lo largo del planeta.

 

¿Ha cambiado el mundo después de dos mil años? La categórica respuesta es que seguimos estancados en los mismos principios a pesar de los drones, los aviones supersónicos y twitter. Un puñado de personas sigue gobernando nuestra psiquis y lo hace de tal manera que en lugar de rebelarnos, lo agradecemos con la mayor de las sonrisas.

Hace pocos meses la nación en la cual vivo, Panamá, vivió una fiesta de grandes proporciones, cuando su selección nacional de fútbol accedió por primera vez a la Copa Mundial de Fútbol. Tal fue el frenesí que el presidente de la República –en una decisión más que polémica- decretó el día después como feriado. Si analizamos detenidamente esa última jornada futbolística de eliminatorias y dejamos de lado la pasión que nubla cerebros y hasta las mentes más privilegiadas, veremos que todo el trámite resultó más que sospechoso y hiede a fraude.

 

Los Estados Unidos con tan solo un empate accedían a la fase final del Mundial de Rusia (2018), pero para “asombro” del Planeta Fútbol, cayeron 2 -1 frente a la débil Trinidad y Tobago. Panamá, por su parte, hizo su trabajo y con un gol con la mano y otro de características “espectaculares” a través del defensor Román Torres, derrotó a Costa Rica y compró sus tiquetes para visitar la tierra de Tchaikovsky y Tolstoy.

 

La lectura final del vulgo es que lo que hicieron los deportistas panameños fue épico; yo en cambio digo que lleva el sello inconfundible de la Casa Blanca del Señor Donald Trump. Hay que remontarse a la historia de la Guerra Fría para llegar a comprender mi razonamiento “desquiciado” y mi alarmante escepticismo –que crece en proporción geométrica día a día-.

 

Después de finalizada la Segunda Guerra Mundial comenzó una especie de rivalidad entre las dos superpotencias que abarcó desde el plano político hasta el deportivo. Ese antagonismo ideológico y político mantuvo en vilo a la opinión pública mundial durante casi tres décadas, y poco faltó para que se iniciaran las hostilidades a gran escala. Si bien estos enfrentamientos no llegaron a desencadenar una guerra mundial, la entidad y gravedad de los conflictos económicos, políticos e ideológicos acontecidos, marcaron significativamente gran parte de la historia de la segunda mitad del Siglo XX. Los dos colosos ciertamente midieron fuerzas para implantar su modelo de gobierno en todo el planeta, pero como no se llegó a la beligerancia, a esa parte de la historia se la denominó "Guerra Fría". Un despliegue impresionante de propaganda y espionaje caracterizó a esa política de disuasión, en donde cada logro fue utilizado para ufanarse del poderío militar propio, y en la misma medida, para intimidar al enemigo. 

 

 

En lo que refiere a competiciones deportivas de alto nivel, ese distanciamiento llevó a que los Estados Unidos boicotearan los Juegos Olímpicos de Moscú (1980). Cuatro años después, la Unión Soviética se tomó revancha y junto al Bloque del Este, no se presentó al certamen desarrollado en la ciudad de Los Ángeles (1984).

 

Si partimos de la premisa que las escaramuzas entre los Estados Unidos y la Federación Rusa ya no se trata de una guerra fría, sino templada, ¿quién me saca de la cabeza la idea de que el presidente Trump haya sugerido a la federación futbolística de su país que la idea de que Estados Unidos participe en el torneo en Rusia no era lo más conveniente de conformidad con los conflictos que mantienen en vilo al mapa político mundial? Si le agregamos el estado de putrefacción de la FIFA, cuyos carcamanes están todos tras las rejas a causa de la galopante corrupción, tenemos que arribar a la conclusión simple y dolorosa de que somos títeres manejados por unos estrategas que mueven los hilos de manera tal que nunca nos damos cuenta.

Durante el Imperio Romano las exhibiciones eran muy variadas, destacándose las carreras, la lucha entre gladiadores y animales, y el teatro. En el coliseo se llevaban a cabo diferentes tipos de espectáculos, pero sin duda el que gozó de mayor popularidad fue el protagonizado por los gladiadores. La gran mayoría de los prisioneros de guerra y criminales era destinada al espectáculo de las luchas sangrientas. Ya en aquella época existían los contratistas, que proveían la mercancía humana para la imprescindible diversión de la plebe. Otro espectáculo popular era la caza de animales. En ella se usaba una enorme variedad de exóticas bestias africanas. Elefantes, hipopótamos, jirafas, leones y cocodrilos se incorporaban al espectáculo cuya escenografía incluía árboles y edificios movibles. Estos eventos se celebraban a veces a gran escala, y las pérdidas humanas y de animales se contaban por millares.

De aquellas luchas sangrientas y desiguales entre humanos y animales feroces sobrevivió casi únicamente la fiesta taurina, pero dio pie para que los animales "nos entregaran" todo su encanto para nuestra "más sana" diversión. Un exorbitante abanico de opciones se despliega, abarcando desde las carreras de cucarachas hasta la fiesta de San Fermín, pasando por los saltos ornamentales de "felicidad" de los delfines confinados en pequeñas jaulas acuáticas.

 

Otro "legado" de Roma es la ludopatía. Todos los espectáculos generan más adrenalina si hay apuestas de dinero de por medio. Eso lo saben mejor que nadie los diferentes gobiernos, pues es la manera más fácil de vaciar los menguados bolsillos de los pobres, sin necesidad de mencionar la figura del impuesto -que tanto resquemor genera entre los ciudadanos-. Las chances matemáticas de convertirse en millonario invirtiendo en quinielas, loterías o casinos son muy escasas, pero se explota la ilusión de que el pobre mejore su situación financiera a través de un potente aparato publicitario. Ese impuesto que las clases bajas pagan voluntariamente, habla del indignante doble discurso de los gobernantes, quienes por un lado pregonan por una educación seria, por los valores morales y la armonía familiar, pero por otro incitan al deterioro físico y mental y a la destrucción de los hábitos saludables en los que se persigue el quimérico sueño de tener una vida de ensueño a cambio de ningún esfuerzo.

 

Pues bien, así como los gobernantes tratan de mantener el statu quo para mantener viva su hambre de poder, nuestra mente es avasallada sin resquemores y nuestro cerebro alienado con álbumes de figuritas y camiseta de los equipos participantes a cambio de casi cien dólares estadounidenses. Aquellos que no tienen la posibilidad de financiar a treinta años su excursión a Rusia, podrán ver los partidos por televisión, degustando  fiambres, quesos y animales muertos asados.

 

En resumidas cuentas mientras distraen nuestras mentes con circos de todo tipo, también nos envenenan con “alimentos” no apropiados para nuestra especie. Entonces, ¿en qué nos diferenciamos nosotros de las vacas que llegan aturdidas todos los días a su parada final, el matadero? ¿No se trata del mismo silogismo? Los adultos estamos adoctrinados; hemos bajado la guardia. Los únicos que tienen la capacidad de rebelarse son los niños, pero nosotros les hacemos cometer nuestros propios errores. ¿De qué manera los grandes imperios logran esto? Poniendo un muro mental a nuestros pensamientos, o real, como el que existe en los mataderos. Algo así como las anteojeras de los equinos; cuanto menos se mire hacia los costados, mucho mejor. No tenemos necesidad de saber tanto. Somos indiferentes y extraordinariamente gregarios; hacemos lo que hacen los demás. Y si uno se transforma en vegano, irremediablemente la ignorante sociedad lo tildara de loco; una versión moderna de la Alegoría de las cavernas de Platón: si te desvías del camino de la carne y la leche de vaca, pueden llegar hasta matarte por “revolucionario”.

 

 

 

 

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