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© 2017. Creado por Casa Houli Creative, para Alejandro Goldstein.

 

La Esencia Vegana

Cuando esta dimensión vegana me zamarreó y subyugó sin consideraciones, comencé a catalogar a mis prójimos carnívoros como verdaderos criminales. No me da vergüenza reconocer que dentro de esta calificación entraban sin miramientos mi esposa, mi hija, mis padres, hermanos y amigos. En pocos meses, la que yo consideraba base sólida de mi existencia se había derrumbado como un castillo de naipes y solo el tiempo podía poner orden al torbellino intelectual que me generaba esta nueva forma de ver el mundo.

 

Fue así que luego del cimbronazo inicial, finalmente mis consideraciones experimentaron el ansiado cambio. Algo no estaba funcionando bien en mi cabeza; mi hija no podía ser una asesina serial, pues se trata de un ser que irradia alegría y bonhomía. Los cambios drásticos suelen sacudir la mollera y se necesita tiempo para asimilar y entender la nueva cosmovisión. Por tal motivo, esos nuevos "asesinos" de pronto dejaron de serlo, pasando a ser simplemente grandes ignorantes y -sin pensar demasiado en ello- excelentes cómplices para que la industria pecuaria goce de formidable salud.

 

La ignorancia está presente cuando imágenes de delfines salvajemente masacrados en las costas de las Islas Feroe o de toros de lidia botando sangre a borbotones, "ofenden" nuestra sensibilidad. Cada vez que comemos un omelette o compramos una pechuga de pollo en la carnicería, estamos cometiendo el mismo acto cruel -tan ignominioso como los descritos anteriormente- y lo hacemos con gusto y tratando de abstraernos del hecho de que para que llegaran a nuestras mesas, los animales tuvieron que padecer un infierno a lo largo de su pobre y breve existencia. Paul McCartney interpretó de manera magistral esa cualidad humana de hacerse el distraído cuando nuestros intereses están por encima del sufrimiento de otras especies: "si los mataderos tuvieran paredes de vidrio, todos seríamos vegetarianos". Los humanos respondemos a esa máxima con un refrán decididamente pusilánime que sabe a lavado de manos: "ojos que no ven, corazón que no siente".

 

Una señora mayor, cuando un amigo en la red social Facebook subió el vídeo con las imágenes del "corredor de la muerte" de las aves de corral arribando a un matadero, tuvo un poder de síntesis brillante a la hora de definir el comportamiento humano cuando elige comer animales masacrados: "yo, por las dudas, no lo voy a ver". Ese comentario habla de cómo nuestra especie no tiene la más mínima intención de modificar ciertos hábitos. Esos animales no son considerados seres que alguna vez tuvieron que transitar por una vida mísera, sino alimento "imprescindible", o simplemente mercadería, al igual que una camisa de algodón o un balde de plástico.

 

Nunca antes en la historia nuestra mente se ha visto tan brutalmente avasallada. Estamos distraídos, nos han robado la conciencia y definitivamente hemos bajado la guardia. Le hemos otorgado a las empresas de publicidad y a la sociedad de consumo el poder para que gobiernen nuestra psiquis, y ¡vaya si lo han logrado! La TV y los medios nos atomizan el cerebro con las propiedades del yogurt y con las proteínas de la carne y esas "verdades" pasan a ser definitivas.

 

Esta concepción vegana no es otra cosa que la de un nuevo renacer, de hacer añicos el orden establecido y encarar un sendero inexplorado, sin estar maniatados por el peso de la historia y la tradición. Tan pesada es la carga cultural que sobrellevamos, que dejamos que nuestra naturaleza apaciblemente vegana fuera sustituida por otra ferozmente carnívora. No tenemos el aparato digestivo, la velocidad, ni los dientes de un carnívoro, pero supimos "transformarnos" en el más grande depredador del planeta. Nuestras principales armas no son las garras ni la dentadura, sino nuestras manos y brazos -diseñados perfectamente para arrancar raíces y recoger frutos de los árboles-.

 

          A poco de entrar en el fascinante mundo del veganismo, comenzaron a caerme las fichas una tras otra, en una especie de catarata intelectual. Lo que eran realidades morales indiscutidas, de pronto pasé a interpretarlas como sórdidos negociados que nos va matando de a poco y que brinda astronómicos dividendos a robustas multinacionales, y todo lo aceptamos con la inocencia de un niño. ¿Por qué no se publicitan productos naturales de propiedades extraordinarias como la canela y el aguacate? ¿Es necesario que machaquen tanto nuestros débiles cerebros para convencernos de que la leche de vaca es el verdadero elixir? 

 

¿Cuál es la razón de que se promocionan exageradamente las barbacoas llenas de productos de origen animal? ¿Por qué nos hacen ver esta práctica como el marco adecuado para reunir a la familia en un clima de felicidad, si en realidad nos están intoxicando? La primera respuesta es que ese tenaz aparato publicitario tiene como único cometido vender. Fabricantes y publicistas no son la Madre Teresa de Calcuta -que atendía abnegadamente a pobres, enfermos, huérfanos y moribundos-. La preocupación de estos consorcios no pasa por dar bienestar y salud a la gente, sino por alimentar pura y exclusivamente sus propias cuentas bancarias. La segunda respuesta –aunque un poco encubierta- esconde una lección formidable de marketing: inmediatamente después que un aviso publicitario te invita a consumir productos derivados de la carne y la leche, aparece otro que vende el antídoto para dichos "alimentos" que nos tienen a mal traer. La industria pecuaria se complementa con la farmacéutica para que ambas, bien juntitas, te acompañen durante toda la vida. ¡Eso sí!, bajo ningún concepto permitirán que te apartes de ese camino. 

 

Si miramos con detenimiento la foto de un centro de compras cualquiera, ¿nos estremecerá "descubrir" que casi todos los comercios allí establecidos trafican con la muerte? La respuesta es un no rotundo, debido a que esa realidad -construida desde tiempos remotos- está instalada para satisfacer nuestras demandas y poner a resguardo nuestra zona de confort. ¿De qué manera lo logramos? Poniendo un muro mental a nuestros pensamientos, o real, como los que existen en los mataderos. Algo así como las anteojeras de los equinos; cuanto menos se mire y hurgue hacia los costados, mucho mejor. No tenemos necesidad de saber tanto; somos indiferentes y extraordinariamente gregarios. Esas dos características son explotadas por un selecto grupo de personas que hará lo imposible para mantener esta manera de vivir de forma indefinida.

 

Estamos al borde del precipicio y ese paso al frente para caer al abismo está ahí mismo, muy cerca. Dar un paso hacia atrás, hacia las fuentes, los orígenes, nos dará el impulso para recuperar la confianza y encarar la salud del planeta con la alegría y la tranquilidad de que estaremos en la senda correcta. Aún estamos a tiempo, porque si no se ha perdido todo, no se ha perdido nada. 

Uno de los legados más importantes del Decálogo –y supuestamente aceptado por todas las sociedades y las religiones- es: "No matarás".  A pesar de ello, no tenemos que ser muy observadores para darnos cuenta que lo único que hacemos a lo largo de nuestras vidas es rendir tributo a la muerte: matar por placer, por deporte, para alimentarnos, matar por matar. El crimen en todas sus versiones está en nuestras vidas y lo tomamos como la cosa más natural del mundo, porque así nos lo han enseñado. Esa poca importancia que le damos a que le quiten la vida a personas o animales que no forman parte de nuestro entorno, se potencia con una eminente frase del pensador irlandés Edmund Burke: "Para que el mal triunfe basta con que los hombres de bien no hagan nada".