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Las ridículas clasificaciones humanas

December 30, 2017

Por supuesto que descalificar groseramente el alegato vegano es moneda corriente en las redes sociales. Bajo ninguna circunstancia los "carnívoros" permitirán que se pongan en tela de juicio su comida, su zona de confort y sus "buenos" sentimientos. Por tanto no hesitarán en apelar a argumentos infantiles para denostar la evidente razón que acompañan a los que decidieron prescindir de las "bondades" del reino animal. Así vendrán "sesudos" razonamientos como que "las plantas también sienten", que nuestra naturaleza es omnívora porque tenemos algunas piezas dentales a las que llamamos "caninos" o porque algún científico echó a la palestra el estudio "científico" que comer carne nos hizo desarrollar el cerebro para que creamos que somos la quintaesencia del mundo.

 

El ser humano es íntegramente herbívoro en su fisiología. Nuestra dentadura y estructura mandibular móvil de manera horizontal se asemeja mucho a la de los animales que comen vegetales y frutas. Los carnívoros, por su parte, se caracterizan por sus largos caninos y los movimientos verticales de mandíbulas, diseñados para desgarrar y tragar, sin necesidad de masticar largamente. Los carnívoros, cuando cazan, engullen grandes cantidades de ácidos grasos, proteína animal, colesterol y grasas saturadas. Su anatomía aerodinámica está creada para que sus arterias no se vean obstruidas ni dañadas, porque si esto ocurriera no podrían correr frenéticamente para dar captura a su presa. A los humanos la ingesta de estas sustancias nos complica la vida, pues la obstrucción de las arterias es una de las enfermedades cardíacas que más muertes provoca.

 

A pesar de estos argumentos incontrastables, la intolerancia y el poco espacio para el disenso están a la orden del día, y el mensaje que reivindica la vida de los animales no pasa inadvertido jamás. A los efectos de que se entienda bien el concepto y la dosis de violencia que impera en la sociedad contemporánea, transcribo un comentario zafio y pendenciero como respuesta, el cual he decidido no modificar ni un ápice: "métete una zanahoria en el culo y mira para otro lado".

 

Siempre en mis escritos la palabra omnívoro -cuando se trata de humanos, claro está- va entre comillas, pues nuestra real naturaleza -a pesar de un mundo discordante- es estrictamente vegetariana -como lo manifesté anteriormente-. Nuestra delimitada zona de confort producto de miles de generaciones equivocadas, hizo que añejáramos en "cascos de robles" esa idea absurda. Metafóricamente esos cascos de robles en los que se añejan los vinos, es nuestra cabeza: de madera y totalmente vacía (o llena de tóxica basura). 

 

La frase de Grace Murray se repite permanentemente en muchos de mis escritos, pues es el cáncer intelectual más funesto de la historia de la humanidad: "Toda la vida lo hemos hecho así". La fuerza de este dictamen le otorgaba al hábito la autorización de lo permitido, aunque esté reñido con la moral y la salud. El poder de dicha sentencia es inconmensurable; posee un efecto anestésico en todos las comunidades del orbe y no hace otra cosa que socavar todo intento de insurrección intelectual. Habla, además, de un gregarismo aberrante, desquiciado e inapelable. Un recalcitrante amigo "carnívoro" me espetó su desagrado en forma pública en aras defender su derecho (y el de toda la humanidad)  a practicar la necrofagia: "No cambio nada a un buen asado con mis amigos y familia, riendo y disfrutando. Después un buen café con crema y una generosa porción de lemmon pie (que lleva huevo y leche). ¿Sentarme a comer hummus o una sopa de lentejas? Mmmm... ¡No, gracias! Prefiero disfrutar de la vida -que es muy corta- y gozar de mis derechos". Carnívoro orgulloso y felizzzzzzz!

 

Pero tanta idiotez lleva a que también los cerebros veganos se contaminen, cometiendo errores dialécticos imperdonables. Por un lado, nos encanta llamar a nuestra comida -exenta de sufrimiento animales- con sustantivos reñidos con nuestra moral y nuestra manera de vivir, como por ejemplo "carne", pues las hay de soja y de nuez. Cometemos la barbarie de llamar a una comida pavo o jamón vegano y por otro, hacemos distinciones poco inteligentes. Es de no creer, pero hacemos diferencias ridículas entre vegetarianos, ovolactos vegetarianos y no sé cuántas clasificaciones más, carentes de sentido. Tal es la demencia que padecemos que tuvimos que inventar la palabra vegano, para marcar la gran diferencia con los vegetarianos y distanciarnos de estos.

 

Hay muchas teorías acerca de la etimología de la palabra vegano. La que más me seduce es que significa literalmente en idioma hebreo: "en su jardín", o para ser más explícito, "en el Jardín del Edén" (donde solo se comían vegetales). A mi criterio es un vocablo que está absolutamente de más, pues ya hay una palabra que define a ese grupo humano: vegetariano. La Real Academia Española no ayuda mucho, pues en lugar de aclarar, oscurece: "régimen alimenticio basado principalmente en el consumo de productos vegetales , pero que admite el uso de productos del animal vivo, como los huevos, la le-che ". La definición exacta de vegetarianismo, le fue otorgada al veganismo -que vino mucho después-: "actitud consistente en rechazar alimentos o artículos de consumo de origen  animal", creando de esa manera una diferencia inexistente entre una y otra. En otras palabras, vegetarianismo y veganismo deberían ser sinónimos, pero no lo son para la sociedad moderna. 

Según nuestro "gran intelecto", todas las diferencias radican en lo que nosotros consumimos: si no ingiero cadáveres, pero sí huevos, entonces seré ovo-vegetariano, si no como cadáveres, pero sí lácteos, entonces seré lacto-vegetariano, si no me alimento de cadáveres, pero sí de huevos y lácteos, entonces seré ovo-lacto vegetariano. El absurdo se agiganta de forma desproporcionada, cuando encontramos humanos que no comen cadáveres, pero sí peces muertos (mal llamados "pescado") ¡y se consideran vegetarianos! Está última le retira la calificación de cadáver al pez muerto y nos abre un espectro variopinto de su procedencia: ¿será que los peces crecerán en la tierra?, ¿o quizás sean frutos provenientes de los árboles?

 

En resumidas cuentas y en honor a la verdad, todo lo que nosotros conocemos como alimentos que proceden de la explotación de animales que aún están con vida y a los cuales se los exprime hasta la última gota, son productos de origen animal sin cortapisas, y están en las antípodas de pertenecer al reino vegetal. Desconozco a qué obedece que cierto grupo se autodenomine vegetariano, cuando en realidad está lejos de serlo. Por tanto, a pesar de que la palabra vegano gane fuerza, carece totalmente de sentido, pues ya existe una que la explica perfectamente. Como a mí me rechina este nuevo vocablo, caigo también  en un error semántico garrafal para reivindicar mi condición: vegetariano estricto. La palabra vegetariano debería cubrir una actitud ante la vida y un ejemplo vale más que mil palabras: si uso zapatos de cuero, no soy vegetariano.

 

La otra gran diferencia que abre un abismo entre veganos y vegetarianos (aunque increíblemente compartan foros) es que para el vegano  lo importante no es el ser humano; cuentan solamente los animales. Si el vegano es realmente vegano, comerá piedras en aras de preservar los derechos de los animales. La única zona de confort que habrá de salvaguardad es la de aquellos que no tienen voz. Esta postura ante la vida no admite el más o menos; es negro o blanco y no existen los grises ni lo matices. Me parece un argumento más que infantil pensar siquiera que si yo le llamo a mi comida "pollo" o "carne" voy a tener más adeptos. Al pan, pan y al vino, vino: esto es así: en el mundo vegano no hay carne ni pollo, entonces ¿para que entonces auto engañarnos y engañar a la gente? 

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