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De aquel Lobo Feroz a este "lobo solitario"que siembra el pánico en Occidente

November 3, 2017

Es sabido por todos que Occidente está siendo sacudido por innumerables ataques terroristas. Mientras la gente no sale de su estupor, los grandes canales de noticias cubren su espacio (y nuestra mente) informando acerca de las novedades que se van suscitando minuto a minuto. La consigna es tener la primicia que redundará en nuevos televidentes y por añadidura, en más patrocinadores y dinero.

 

A medida que se fueron mejorando las técnicas de comunicación, la capacidad de improvisación por parte de los periodistas se redujo a una timorata mueca. El informativista actual se limita a recibir el texto  “masticado”, siendo su única misión leerlo ante cámaras, siempre tratando de no salirse del libreto.  El arte de improvisar en la actualidad es sinónimo de insurrección y puede ser castigado con el despido. Cualquier semejanza con la vida misma no es mera coincidencia; todo está digitado, debemos cuidar las formas y ser políticamente correctos para pretender llegar al “éxito”.

 

Desde hace algún tiempo la opinión pública hispanoamericana se siente cautivada con la expresión “lobo solitario”, es decir, un individuo que realiza acciones extremistas sin apoyo de un grupo, un movimiento o una ideología. La consigna es repetir hasta el hartazgo frases hechas, aunque no tengan ningún sentido. ¡Imagínese que si el espacio para la improvisación es prácticamente nulo, lo que será para la reflexión…!

 

Para demostrar que nuestra cultura es peligrosamente especista, a manera de introducción manejaré algunos ejemplos, para llegar finalmente al “lobo solitario”. 

 

Dentro de los marcados atributos que caracterizan a los gansos, destaco la capacidad que tienen para defender su territorio a través de tremendos graznidos, sin que se intimiden en absoluto por el tamaño de quien los amenaza. Realizan sus majestuosos vuelos en bandadas de varios integrantes y forman una llamativa "V". La explicación radica en que al batir sus alas, cada ganso activa una corriente de aire que mejora el desempeño de los que vienen atrás, aumentando en forma considerable su rendimiento; algo parecido a lo que reza el refrán "la unión hace la fuerza". Cuando uno de ellos se aleja del circuito, siente de inmediato la diferencia y procura volver rápidamente al sistema. Dicen los ornitólogos que cuando el que va al frente se fatiga, le deja su lugar a otro, mientras que los que van atrás se hacen sentir con graznidos, en una suerte de aliento para los que van a la vanguardia. Para finalizar, cuando un ganso contrae una enfermedad o cae herido por el balazo de un cazador furtivo, los acompañantes más cercanos salen de la formación para permanecer a su lado, brindándole apoyo y protección.

 

Podemos obtener de los gansos muchas enseñanzas que hemos ido olvidando con el pasar del tiempo: coraje para defender a los nuestros, inteligencia y solidaridad para encarar la tarea, estar en las buenas y en las malas, y que ninguno es superior a los demás. Pero a pesar de los nobles atributos referidos, por lo menos para algunas comunidades de habla hispana, ganso es sinónimo de torpe, incapaz y estúpido.

 

Paradigma de transporte de carga pesada a lo largo de la historia, el burro carece de buena fama. Erróneamente se lo degrada cuando se lo compara con el caballo, pues es más lento y débil que este. A pesar de ello, posee una enorme resistencia y es más longevo. Además de que en países del tercer mundo tiene una vital importancia en el traslado de mercancías, es célebre por su aparente terquedad: evita hasta lo imposible meterse en lugares que pueden atentar contra su integridad, gracias a su gran instinto de conservación. Es sabido que es un animal precavido, perspicaz, travieso y dispuesto a aprender. A pesar de esa abundancia de cualidades, el burro es el prototipo de la ignorancia por antonomasia gracias a grandes maestros de la literatura universal. Aquellos que pecan de ignorantes o que la naturaleza no les otorgó el don de la inteligencia, son denominados burros, sin contemplaciones.

 

Una de las pocas excepciones a la regla de la mala reputación endilgada al burro fue la obra que catapultó a la fama y que incidió notablemente para que su autor, el español Juan Ramón Jiménez, obtuviera el Premio Nobel de Literatura en 1956: Platero y yo (1916). La vida y la muerte de un burro de color plateado, amado con pasión por su dueño, es un canto a la ternura que siempre dice presente en las aulas escolares. De esa reivindicación a uno de los animales más abusados de la historia, rescato un pasaje  que resume de manera fantástica mi manera de pensar: "¡Pobre asno! ¡Tan bueno, tan noble, tan agudo como eres! Irónicamente... ¿Por qué? ¿Ni una descripción seria mereces, tú, cuya descripción cierta sería un cuento de primavera? ¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno! ¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre!"

 

Cuando la televisión nos presenta la vida salvaje, nuestro anhelo primordial es que la oveja pueda escapar de las fauces del lobo: si lo logra todos estaremos felices, pero si el depredador cumple con su rol, nos sentiremos tristes y decepcionados. No es de nuestra incumbencia que el ecosistema está basado en este pilar desde hace millones de años.

 

La literatura universal y el cine de terror se encargaron de que grandes y pequeños veamos al lobo con un animal pérfido, devenido últimamente en “fanático asesino serial”. Nos convencieron de que cuanto más alejado de nosotros esté, eso redundará en mayores beneficios. Los productores ganaderos van más allá y firmarían cualquier iniciativa que lleve a su exterminio.

 

Hay miles de ejemplos que dejan rastro del constante irrespeto que le dispensamos a la naturaleza y que hacemos oídos sordos a sus súplicas. El ejemplo del Parque Nacional Yellowstone, en los Estados Unidos de América, es el arquetipo de una pésima decisión que pudo ser enmendada a tiempo.

 

Durante los años veinte del siglo pasado, la injerencia humana hizo que desaparecieran los lobos del emblemático parque. El argumento de que hacían peligrar tanto la agricultura como la ganadería fue por demás contundente para que nadie estuviera en desacuerdo con la decisión -que los años se encargarían de calificarla como desafortunada-. Su prolongada ausencia tuvo efectos devastadores que pudieron ser subsanados con la reintroducción de solamente treinta ejemplares, a partir del año 1994. La tarea que hicieron en poco tiempo fue tan formidable como asombrosa: devolver la salud a una geografía erosionada.

 

Ese dilatado "destierro" hizo que se superpoblara de ciervos, responsables directos de la desolación del área. Además de que su número se multiplicó enormemente, tuvieron acceso a lugares que antes les eran prohibidos. Con el retorno del lobo una serie de fenómenos muy interesantes impactaron positivamente sobre el parque: el número de ciervos disminuyó notablemente. El miedo les hizo modificar sus hábitos, por lo que dejaron de frecuentar las zonas de mayor visibilidad, retirándose a parajes más remotos. La consecuencia inmediata fue la regeneración de sauces, álamos y bosques y con ellos, el retorno de diversas especies, como castores, cuervos, urracas y otras aves rapaces, además de la biodiversidad fluvial. 

 

La historia de Yellowstone, nos brinda la moraleja de que los depredadores son nuestros aliados, y debemos aprender a convivir con ellos. Nos hemos acostumbrado a repetir perimidas consignas especistas, que aunque no tengan sentido o constituyan una flagrante distorsión de la realidad, gozan de buena salud por el simple hecho de su constante repetición. Basta leer la definición de la palabra "desasnar" -según la RAE- para entender el peso de la historia: "hacer perder a alguien la rudeza, o quitarle la rusticidad por medio de la enseñanza".

 

Convivimos con el concepto que se le llama víbora a una persona malintencionada, cerdo a un individuo sucio, rata a alguien despreciable y buitre al que se aprovecha de las desgracias ajenas. En lo que respecta a “lobo solitario”, una pequeña corrección hace ridiculizar el concepto inventado por los angloparlantes y copiado (¡cuándo no!) por nuestra Hispanoamérica: el lobo jamás deambula de forma solitaria, pues se trata de un animal extremadamente sociable que convive en grupos familiares y su papel en el sano equilibrio del planeta lo cumple a cabalidad.

 

La naturaleza no es milagrosa ni mágica, sino sabia y lógica, y por tanto, advierte cuando la enfermedad nos está afectando. Si dejáramos que el orden cósmico actuara sin nuestra nefasta intromisión, los resultados serían maravillosos. El problema radica en que no solamente no le damos esa oportunidad, sino que lo avasallamos con furia. Todo lo adaptamos a nuestro contexto, a nuestra "conveniencia" y zona de confort, y debido a esa manera obtusa de tomar decisiones desacertadas, sentenciamos a la oveja como "buena" y al lobo como "malo" –además de terrorista-. Impartiendo esa irracional justicia, cometemos errores imperdonables, que llevan a que la existencia del planeta tenga fecha de caducidad.

 

https://www.youtube.com/watch?v=nHdBB9zTuNA

 

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