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¿Será que el sentido común se va apoderando de la humanidad?


Francia prohibirá la venta de mascotas en tiendas y la presencia de animales salvajes en circos a partir de 2024.


Alusivo al tema, un pasaje de mi libro Contámela en colores (2011)

"Tanta es la necesidad que tenemos de alardear y aparentar lo que no somos que salpicamos en esa demencial obsesión a nuestro mejor amigo: “¡no, un tipo como yo no puede andar por la calle con un perro cualquiera. Como merezco lo mejor, opté por uno de clase, de raza!”.


De esa manera los presumidos se acercan a la tienda de mascotas para comprar el can más adecuado a sus necesidades. En el momento de adquirirlo solicitarán al vendedor los papeles que acrediten su rancio abolengo; el famoso pedigrí. Su hijo, entretanto, a sabiendas que el perro ya es suyo, su funde con este en un apretado abrazo de amor, en donde se mezclan las carcajadas de felicidad y los húmedos lengüetazos.


Luego de contemplar semejante demostración de cariño, el vendedor pone cara de circunstancia y le confiesa en tono de confidencia al comprador, el padre del niño: —a pesar de que Ud. puede comprobar que este perro es de raza pura, lamento comunicarle que este último ejemplar que nos queda carece de papeles. Esa conexión espontánea entre los cachorritos humano y canino, no había sido lo suficientemente conmovedora porque acto seguido el adulto separó a su hijo del perrito, tratando de explicarle lo que la mente pura de este —y aún no contaminada de la estupidez de sus mayores— no estaba preparada para entender: —yo te comprendo Marito que quieras a este simpático perrito, pero tenés que entrar en razones. ¡No tiene papeles!


Al ver que su hijo se plantaba en una cerrada negativa a tener que desprenderse de su nuevo amigo, su padre no tuvo más remedio que llevárselo a rastras, ocasionando que el niño desatara un berrinche descomunal y justificado ante la explicación ridícula y absurda de su padre. Hay que entender también la postura del adulto de sentirse admirado por sus semejantes. A estos seres les provoca sumo placer que les digan: “¡qué lindo perro!” Ese placer aumenta desproporcionadamente cuando inflama su pecho y devuelve la gentileza aportando datos sobre su can: “gracias, es hijo de gran campeón de París y mención de honor en Nuevo París y se llama Sultán”. La estupidez humana continúa luego de la compra porque al llevarse el ejemplar de raza, también continuarán con el nombre con el que lo bautizaron. A los oídos frívolos de la gente sonaría grotesco que a un sharpey lo llamaran “Ñato” o a una ovejera alemana “Ciruelita”.


Pensar que hay tantos perros por ahí que sus dueños quieren obsequiarlos a cambio de que les dispensen cariño, pero no. La gente paga —a veces hasta lo que no tiene— por un perro de “sangre azul”. ¡Por lo menos si el humano pertenece a la plebe, que el perro sea de la realeza! Toda esa incontrolable vanidad hace que nos olvidemos que esos pobres animalitos —despreciados por carecer de un frondoso árbol genealógico o una ilustre prosapia— son los más cariñosos, los más espontáneos, los más leales y más agradecidos. Una frase privativa del Uruguay, resume esa inquebrantable fidelidad cuando se los ve exhaustos y con la lengua afuera corriendo por las calles de la ciudad, detrás del carro —tirado por un maltratado equino— de su amo: “más seguidor que perro de bichicome”.


Un padre de familia violento y musculoso no va a andar por ahí con un caniche o un chihuahua por temor a que lo tilden de poco varonil, para llamarlo de alguno manera. Sus preferencias se agotarán en perros de marca como Pitbull, Rothwieller o Doberman y poco le importará que sus cargas genéticas —al menor descuido y en un ataque de rabia— los lleven a despedazar el cráneo de su pequeño hijo.


Por todo lo referido, los “marca perro” son inigualables y para despejar cualquier tipo de polémica, el cantautor Jaime Roos les pide encarecidamente a los letristas del carnaval que no se olviden de estos maravillosos cuzquitos.


Gardel canta: “al mundo le falta un tornillo, que venga un mecánico a ver si lo puede arreglar”. Por ello, transitarlo diariamente no alcanza para entender donde termina la realidad y empieza la ficción. A finales del siglo pasado, las mascotas reales fueron sustituidas por una virtual que hizo furor el mundo. No existía niño que no tuviera su “Tamagotchi”. Este producto japonés tenía la forma de un huevo y el tamaño de la palma de una mano. En su pantalla se podía apreciar a la mascota, a la cual había que alimentar, llevarla a dormir y ayudarla a hacer sus necesidades. Recuerdo una vez que en el ómnibus un niño lloraba intensamente. Quise ahondar un poquito más en el tema, pero lo único que pude entender de toda aquella locura, fue que la “mascota” había perecido por negligencia de su dueño, ergo, el niño, y que de haber existido el certificado de defunción correspondiente, aquel debió aclarar que la causa del deceso había sido la inanición. Parece que el niño se había distraído de sus deberes, al haberse olvidado de alimentar a su mascota por tres días consecutivos.


https://www.infobae.com/america/mundo/2021/11/18/francia-prohibira-la-venta-de-mascotas-en-tiendas-y-la-presencia-de-animales-salvajes-en-circos-a-partir-de-2024/


Alejandro Goldstein

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