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La estupidez de la inmediatez


El maltrato a los indefensos animales nos acompaña desde los albores de la humanidad. Alguien alguna vez dijo –o salió escrito “por ahí” – que estos eran meros instrumentos para hacernos la vida más fácil. Nosotros creímos el postulado y supimos aplicarlo con maestría. Hasta el siglo pasado utilizamos dicha “mercancía” en provecho propio de forma artesanal, pero con el invento de la electricidad y el advenimiento de la Revolución Industrial los abusos de otrora quedaron ridiculizados por el indiscriminado y sistemático uso de millones de seres para colmar las “múltiples necesidades” de los hombres y darles felicidad.

De joven fui obligado por mis maestros a comprar cueros para fabricar artesanías con restos mortales de vacas y jamás pensé en estas, sino en la satisfacción de exhibir con orgullo mis “creaciones artísticas”. Usaba con sumo placer abrigos de cuero y suéteres de lana y jamás pensé en las vacas y las ovejas, sino en la bendición de estar protegido del frío. Supe comer hasta el hartazgo cadáveres de todo tipo y tamaño –mientras limpiaba mi boca con servilletas blancas inmaculadas de tela los vestigios de la sangre de las víctimas–, pero jamás me puse a pensar en los patos, cerdos, gallinas, pollos y vacas –que encontraban descanso eterno en mi vientre–, sino en la tranquilidad de haber saciado mi frenesí de gula bestial.

Quizás porque no tienen voz o porque no respiran aire –como nosotros– los grandes olvidados dentro de esta catástrofe de consumo son los peces. A tal punto son las víctimas por antonomasia que sus muertes no se cuentan por unidades, sino por su peso.

Nos hemos vuelto holgazanes, carecemos de voluntad para trasponer nuestra zona de confort. La gente trata de aferrarse a ella porque no es muy proclive al cambio. La vida violenta que la humanidad nos lega generación tras generación nos tiene maniatados, anestesiados y sin salida aparente. Pero este statu quo no puede durar eternamente; está caduco, resquebrajado. ¿Quién está pagando todas estas consecuencias? El planeta con el mentado cambio climático y la extinción progresiva de la biodiversidad. Por ahora lo que hacemos con singular “inteligencia” es optimizar las técnicas para cavar nuestra propia fosa de la manera más eficiente. ¿Qué quiero decir con esto? Es una manera sutil de decir que el mundo no puede demorar mucho más en terminarse.


¿De qué forma percibimos que nuestra cabeza no funciona bien? Hay un exitoso libro que habla de relatos que conmueven las fibras más íntimas. ¿Cómo hace un vegano para entender que un libro que habla sobre la bondad, la espiritualidad, sea titulado “Sopa de pollo para el alma”? Por un lado, el mensaje de ayuda al prójimo, por otro, un animal ultrajado con premeditación y alevosía. Yo francamente no entiendo esa relación.

Nuestra mente está siendo brutalmente avasallada. Estamos distraídos, nos han robado la conciencia y el alma. Definitivamente hemos bajado la guardia. Le regalamos el poder a las empresas de publicidad y a la sociedad de consumo para que ellas gobiernen nuestra siquis y ¡vaya si lo han logrado!


El veganismo no es otra cosa que un nuevo renacer, de hacer añicos el orden establecido, de encarar un nuevo sendero inexplorado sin estar maniatados por el peso de la tradición y de la historia. Tan pesada es la carga cultural que sobrellevamos que dejamos que nuestra naturaleza intrínsecamente vegana, fuera sustituida por otra ferozmente carnívora.


¿Cabe alguna duda que la humanidad es la sempiterna imagen de la maldad suprema? La foto de portada de este artículo habla por sí sola y explica de manera sublime el concepto anterior. ¿Cuántos se van a desternillar de risa por la “simpática” ocurrencia de representar al hombre que en la actualidad es capaz de despertar las pasiones más antagónicas con los restos mortales de un emblemático animal acuático? Solamente una ínfima minoría dejará de lado la estupidez de la inmediatez de pensar en el supuesto arte y pensara en las víctimas que sirvieron para dicho fin.

¿No deberíamos seguir el ejemplo del salmón y nadar contra la corriente para salvar el inexorable ocaso de la humanidad y el planeta? Lamentablemente la estupidez de la inmediatez del raciocinio humano –que lo quiere todo ya– no llegará al segundo párrafo de este alegato en forma de lamento.

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