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ALGO ESTÁ CAMBIANDO...

Alejandro Goldstein

Cuando presenté el libro “Fueron felices y comieron perdices” en la salvajemente carnívora ciudad de Montevideo, me di el gran gusto que mi señor padre fuera uno de los presentadores. Pese a que él no es vegano (ni lo será) —apelando al argumento muy arraigado y poco elaborado de nuestra especie: “toda la vida procedí así, y no voy a cambiar a estas alturas de mi vida”—, dentro de su alocución rescato los siguientes conceptos:

“Cuando mi hijo me dijo que iba a escribir un libro sobre veganismo yo dudé de su buen juicio. Le dije que él no podía abordar ese tema porque sería tratar de nadar contra la corriente. Nuestra forma de comer está demasiada arraigada; no es una costumbre, ¡es la vida misma! Pero, a medida que fui leyendo los capítulos me fui dando cuenta de que en varios aspectos él tenía razón, pero ¿cómo se hace para cambiar ciertas cosas?”

Mientras trato de pregonar con tenaz persistencia que “el cambio es lo permanente y este se debe asumir con responsabilidad y alegría”, nos encontramos en un mundo en el que los humanos en lugar de construir puentes, de abrir ventanas y celosías para purificar nuestro aire levantamos barricadas para seguir viviendo en atmósferas viciadas. Los cambios traen aparejadas incomodidades y por esa razón la gente trata de evitarlos. Personas que viven en el mismo país toda la vida, en la misma casa, con el mismo empleo y comiendo siempre lo mismo —a pesar de tener conocimiento cabal que esa forma de alimentarse los estará llevando a la tumba de manera prematura—, priorizan la vida tranquila, aburrida y monótona, en lugar de enfrentar la “conmoción” del cambio. La gente trata de llevar una vida lineal, sin avatares y de elegir el lugar en el cual encontraremos el descanso eterno en lugar de innovar, dar el salto y trascender haciendo cosas nuevas. Preferimos una vida digitada sin sobresaltos y no aquella que nos pueda sorprender. Un amigo se quejaba que con el salario que devengaba debía cubrir el presupuesto familiar, pero por una razón u otra, ese presupuesto siempre se veía alterado por ciertos “imponderables”.

—El dinero nunca me alcanza porque siempre pasa “algo” –solía quejarse.

—¡Ese algo se llama vida! –le respondí con una sonrisa.

Al igual que un electrocardiograma, si estamos vivos nuestra gráfica será con picos altos y bajos. Si la gráfica llega a ser lineal, será la señal inequívoca de que estamos muertos.

Lo peor que le puede pasar a una sociedad es el estatismo, y ese estado lo genera la pereza mental, aquella pusilanimidad que impide asumir riesgos, desafíos y que prioriza con placer el arte de la holgazanería, la dejadez, la apatía y el hacer siempre las mismas cosas.

Siempre digo que no se puede ir contra la naturaleza de un pueblo, ¡mucho menos contra el instinto de la humanidad! Pero bien merece la pena intentarlo. A tales efectos, para “vender” el veganismo hay que tomar muchas precauciones. Una de ellas es no enviar correos personalizados acerca de este “escabroso” tema, pues la gente está con la sensibilidad a flor de piel, se ofende con facilidad y todo se lo toma a título personal. Trato de buscar diferentes caminos, apelo a los formones y a los cortafierros que me quedaron de mi época de cerrajero para abrir cerebros, pero me tengo que rendir ante la evidencia de que las grandes multinacionales —echando mano de la gran arma destrucción masiva, la publicidad— generaron la atrofia de ese magnífico órgano del cual sentimos orgullo exacerbado y por medio del cual gobernamos mediante una dictadura atroz los designios del Planeta Tierra. Somos “tan” brillantes que buscamos agua en Marte, mientras millones de personas, animales y plantas mueren de sed en este infierno.

Las redes sociales —sumadas a los viejos medios masivos de comunicación—, hacen que la defensa a este statu quo sea implacable. A esos milicianos, a muy temprana edad se les incorpora en el cerebro un chip que dictamina que aquellos enajenados mentales que defienden el “desquiciado” postulado de que los animales tienen el derecho a vivir con dignidad son unos peligrosos revolucionarios, una especie de secta maldita que lo único que busca es alterar la paz y el orden mundial. Por ello, el ejército mundial que defiende con fiereza el consumo de carnes y lácteos maneja ciertos principios —tan antiguos como la mentira—, a saber: “las plantas también sienten, las proteínas insustituibles de la carne, el calcio de la leche de vaca, nuestros poderosos dientes caninos, no se puede vivir comiendo lechuga”, y una lista de nunca acabar.

Abrir mentes humanas encallecidas y anquilosadas por siglos, carcomidas por el óxido destructivo del odio y la ignorancia, no es tarea fácil y esa batalla contra los molinos de viento, está dando resultados asombrosos. Con solo mencionar que hace una década la palabra vegano prácticamente no existía y hoy es vox populi es una nuestra cabal que algo está cambiando.

Volviendo a lo alocución de mi padre y a su pronóstico que “dentro de doscientos años quizás…” tengo que manifestar que afortunadamente el cambio se está dando de manera vertiginosa. Solo hay que acercarse a los grandes centros de compra para apreciar cómo los productos veganos van ganando terreno a ojos vista. Las góndolas de los supermercados evidencian que la revolución más justa, más ecológica y más inteligente en la historia de la humanidad está socavando y pulverizando a la misma historia de la humanidad y llegó para quedarse ¡No te niegues, déjate abrazar por el cambio!

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