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A propósito de funerales, uniformes y mausoleos



"Hacer la América" es una frase muy trillada, su significado va de la mano con prosperar económicamente en tierras lejanas. Muchas colectividades pueden atribuirse ese concepto como propio, pues su historia contemporánea habla de dolorosos traslados para dejar un mundo de privaciones para luchar por otro más promisorio. Italianos, españoles y judíos, entre tantos otros pueblos, empacaron sus míseros petates y partieron hacia las Américas sin mirar atrás, en un frenético devenir migratorio que lleva más de dos siglos. En el Nuevo continente encontraron trabajo, sustento, y otros, además, empezaron a codearse con sensaciones que le habían sido esquivas durante varias generaciones: la tranquilidad y la paz.


Transcurridos quinientos años del descubrimiento de América, esa tranquilidad y esa paz sigue vigente si la comparamos con lo que sucede en otros continentes. A pesar de ello, el norte y el foco de los latinoamericanos apunta siempre hacia Europa y hoy, buscan allí su América. Me resulta curioso, pero forma parte de una realidad incontrastable. Es el continente de la cultura con exponentes notables en todas las disciplinas, sus calles lucen resplandecientes con peatonales interminables cubiertas de restaurantes, negocios y flores. No se ve basura en sus calles, los pocos indigentes que deambulan en las grandes urbes son negros africanos y el tránsito vehicular es fluido y respetado por los conductores. Pero también es el continente de la intolerancia, de la xenofobia despiadada, del segregacionismo, del gueto y el odio. Es el continente del Edicto de los Reyes Católicos, de las Leyes de Nuremberg y de la Kristallnacht. Es el continente de Lídice, Guernica, Kosobo y Auschwitz y Kiev. Es el continente de guerras continentales y guerras fratricidas.


Pero lo que más define al Viejo Continente -y que hace suspirar a las muchedumbres gregarias- son sus repugnantes monarquías. Así como me producen escozor aquellas imágenes en las cuales niños y ancianos lloran desconsoladamente la muerte de un líder en Corea del Norte, también me producen asco ver las manifestaciones de alegría y los vítores cuando se casa un príncipe o un nuevo rey accede al trono. Me cuesta entender cómo eso se mantienen esos reinados en un continente tan erudito y educado como el europeo. La fascinación va más allá de las monarquías y seres abominables como Hitler y Mussolini disfrutaron de esa educación y erudición -que para mí habla de debilidad mental-.



La España de hace algunos años se acostumbró a vivir múltiples casos de corrupción surgidos directamente de la Casa Real y a los bochornosos amoríos de Su Majestad, Don Juan Carlos de Borbón. Al final, no le quedó otra alternativa que abdicar y mandarse a mudar lejos. Solo el gran Raphael Martos puede definir el comportamiento del rey emérito: “es un escándalo”.

No quedan dudas que los hábitos espurios de Don Juan Carlos debieron haber sido aprendidos de sus pares cruzando el Canal de la Mancha. Allí nos topamos con un montón de desprolijidades empezando por el flamante monarca. Toda esa familia nos tiene acostumbrados a un cúmulo de divorcios y traiciones que causan repulsión. La muerte de Diana Spencer califica también para el título que Gabriel García Márquez le puso a una magnífica obra de su autoría: “Crónica de una muerte anunciada”.

En 2013, Holanda "suspiró" porque era hora de desearle larga vida al nuevo monarca holandés. Ataviado con una capa que mixtura sabe a un super héroe de historieta y a un murguista montevideano irrumpió a la ceremonia acompañado por su esposa, la reina que la Argentina le obsequió al mundo, repartiendo ambos sonrisas por doquier. Me resulta patético que en pleno siglo XXI exista gente que esté predestinada de la cuna a no trabajar, a no pagar impuestos, a vivir a costilla de la gente y que la gente en lugar de repudiarla, se les acerque para desearles ventura y salud.

Afortunadamente en América eso no sucede. Pero la luz de alerta se enciende cuando débiles mentales intentaron embalsamar a un presidente fallecido o cuando una presidente intentó endiosar a un expresidente fallecido, llamándolo "Él" y construyéndole un mausoleo que haría suspirar hasta los mismísimos dioses del Olimpo.


Esos fastuosos y solemnes velatorios se dieron hace varias décadas en la República Argentina, cuando murió Evita y nació inmediatamente el último gran mito de la Argentina. Decenas de miles de ciudadanos hacían filas interminables para verle el rostro a la "Santa Evita". Para darle mayor brillo al espectáculo, el Gral. Juan Domingo Perón permanecía a su lado y agradecía a todos y cada uno de los desdichados deudos de la "reina de los pobres". Las películas y series sobre la vida de la “jefa espiritual de la Nación” se mantienen indelebles al paso del tiempo, transcurridos setenta años de su muerte. Me preguntó yo si en la serie que están filmando van a incluir el episodio de cuando la Tierra se estremeció y provocó el 15 de enero de 1944 el terremoto de San Juan -que se tragó la vida de más de nueve mil argentinos-. La reconstrucción llevó muchos años y el pueblo se preguntaba a modo de canción: “¡Perón, Evita: ¿dónde está la guita? San Juan la necesita”.


https://www.youtube.com/watch?v=SGcgOdo07ME


Ese espectáculo “conmovedor” se hizo presente nuevamente hace pocos años, cuando Cristina se vistió definitivamente de luto para enterrarlo a "Él". Figurita repetida. El mismo deleznable espectáculo y la misma estúpida respuesta de la gente sin criterio.

Hace unos cuantos años a través del televisor presencié unas escenas que se desarrollaban en las antípodas y en las antípodas de mi estructura mental. El líder norcoreano moría, cumpliendo con el ciclo de la vida que nos toca a todos los seres vivos de este planeta. Apiñadas como naranjas en un camión, las masas se volcaban al paso del féretro para rendir un emotivo homenaje al gobernante en camino hacia su última morada. Lo que no entraba en mi cabeza era ver ancianos de más de ochenta años y niños de menos de siete llorando a raudales, como si a ellos mismos se les estuviera yendo la vida. Me tranquilizó un poco que las razones para dichas "muestras de afecto incondicional" van de la mano con un largo proceso de lavado de cerebro, propio de las dictaduras asiáticas, en donde se ensalza la figura del dictador, a tal punto que se lo considere un semi dios o algo por el estilo. Ese culto a la personalidad es un proceso que lleva años y finalmente termina por cautivar a las muchedumbres y allanarles el terreno a las clases dirigentes para que el pueblo sepa que hay gente que piensa por ellos. ¡Prohibido pensar!


https://www.youtube.com/watch?v=L2lMXG8wQ6c


El 5 de marzo de 2013 apareció el nuevo presidente de Venezuela Nicolás Maduro -ungido por Chávez como el gran sucesor- y dio una muestra de "entereza y hombría", cuando anunció con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada que “El comandante” había muerto. Por sus lágrimas uno consideraría que en ese momento se había enterado de la noticia, pero se sabía que el hombre hacía rato que estaba muerto. En una suerte de pantomima y escena teatral paupérrima, me hizo recordar de cuando Carlos Arias Navarro, presidente del gobierno español en 1975, anunciaba por cadena de televisión la muerte del Generalísimo.


https://www.youtube.com/watch?v=IbTcTnxGjVo


Lo preocupante es que ese culto a la personalidad dio sus frutos en Venezuela y por ende en Latinoamérica. Lo reflejan las imágenes; las mismas escenas "desgarradoras" que en Oriente. Murales de proporciones desproporcionadas con la figura de Chávez, banderas y fotos por doquier y el infaltable llanto desgarrador de sus fieles adeptos. Todos ellos con sus infaltable uniformes de color vino tinto. A propósito, el expresidente del Uruguay José Mujica dejó escapar una frase propia de su incontinencia verbal vernácula. Extraje del baúl de mis recuerdos una frase "espectacular", propia de su inefable sello, cuando la "parca" "repentinamente" vino a buscar a Chávez para que comandara los destinos del Socialismo del Siglo XXI desde el más allá: “la cosa más conmovedora que he visto: ver llorar a generales, llorar como niños cuando pierden un padre..."


https://www.youtube.com/watch?v=mW4eL8pHLTg


Hoy es el turno de homenajear a la difunta Reina Isabel de Inglaterra. El Reino Unido está de luto, conmocionado, aturdido, al borde del colapso y a punto de preguntar lo que solo los méxicanos saben: ¿y ahora quién podrá defendernos?

Lamentablemente el Chapulín se nos fue, pero afortunadamente los británicos tienen a Camila que ya está haciendo los deberes y trabajando para un futuro mejor, regalando besos a la plebe.

Toda esta destino que nos regala los medios de comunicación lo resumo con una frase que me acompaña hace más de cuarenta años: "me da vértigo asomarse al abismo de tanta ignorancia" y una pregunta que no tiene respuesta: ¿acaso la gente no entiende que la mujer tenía noventa y seis años? Para acompañar el triste momento los empleados de la BBC se vestirán de negro. ¡A eso yo le llamo respeto!


https://www.independentespanol.com/entretenimiento/tv/conductores-bbc-news-negro-muerte-b2162957.html?fbclid=IwAR0OZjsdzCBFdC4Wupqp2kxPR9TSWINgMI7o1MJFyp850VUMYr8ZmPrNyLI


Así como los europeos le robaron el chocolate a América y después se lo vendieron con el dibujito de una vaquita helvética, América tendrá que luchar a destajo para que no prosperen en el continente monarcas mesiánicos que piensen por la gente y se queden con el dinero de la gente.


Alejandro Goldstein





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