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LA VIOLENCIA NUESTRA DE CADA DÍA, ¡AHORA EN HD!

August 30, 2018

Hace años opté por no mirar más informativos televisivos, pero los otros días, un poco por curiosidad y otro poco por la nostalgia -que me invade de vez en cuando-, me metí de lleno -internet mediante- en un informativo central de uno de los tres canales privados de Montevideo. Recuerdo que cuando vivía en la otrora "bella tacita del Plata" -parafraseando al legendario Romeo Gavioli- la cita obligada a las 19:00, era sentarme cómodamente en el sofá para disfrutar del noticiero. No me equivoqué con el verbo, realmente disfrutaba de estar al tanto de lo que pasaba en mi país y el mundo.

 

https://www.youtube.com/watch?v=wILnBF95aOc

 

Evidentemente la distancia hace lo suyo, porque a medida que transcurrían los minutos el disfrute para el que me había preparado, se había ido para el otro lado derivando en su antónimo. Padecí treinta y cinco minutos el vasto y pormenorizado informe sobre actos violentos y delictivos. El resto del informativo se agotó en el fútbol, algo de eventos internacionales y un exhaustivo y tedioso informe del tiempo. Indudablemente vivir otra realidad lo lleva a uno a estar fuera de foco, pues esta va cambiando y lo que busca la persona es amoldarse a su nueva geografía.

 

Hace un tiempo mostraron por TV y las redes sociales, las imágenes de cómo asesinaban por la espalda a una cajera de un supermercado de mi barrio La Blanqueada (Luis A. de Herrera y Urquiza). No las emitieron una vez ni cinco; las deben haber repetido unas quinientas veces. La pregunta es ¿con qué objetivo?, ¿qué se busca con tanta reiteración? La respuesta está en la gente y su fascinación, su sed de morbo a la hora de ver escenas violentas. Para hacerlo un poco más gráfico y cómico -si se puede-, la escena de los adultos se podría representar con la de un niño concentrado en una película. De repente se suscita una escena de terror y su acto reflejo es taparse el rostro con ambas manos, con el pequeño detalle que los dedos no serán un obstáculo para que los ojos puedan captar las imágenes "prohibidas", pues entre el índice y el anular habrá un espacio hasta para filmar con una cámara profesional. Con los adultos pasa exactamente lo mismo, despotrican -de la boca para afuera- contra los programas de la "farándula" de la vecina orilla, en donde se comentan temas muy edificantes y altamente pedagógicos como que aquella se agrandó el volumen de sus nalgas y la otra se redujo el busto porque le ocasionaba problemas de columna, y contra el "gran hermano" -en donde jóvenes de diferentes estratos sociales le enseñan a sus televidentes el maravilloso arte de rascarse los genitales con ambas manos durante varios meses-. Podrán despotricar "pour le galerie", pero la realidad incontrastable es que no se pierden un programa. 

 Con las noticias policiales pasa exactamente lo mismo. La gente ya va predispuesta a ver sangre y como se trata de adultos, no se andan tapando las caras. ¿Cómo una sociedad puede clamar por la erradicación de ese azote si le encanta presenciarlo? Ahí entra a tallar el tan mentado "secreto" de la ley de atracción: si vemos violencia, llamamos a la violencia. ¿Cómo puede ser que un niño que fue vejado por su padre, pueda hacer lo mismo en un futuro contra su propio hijo? La respuesta es que el entorno en el que se crió lo condicionó a ser así y así pasa con los delincuentes, violadores, científicos y futbolistas, salvo raras excepciones.  A propósito decía la  Madre Teresa de Calcuta: “Nunca iré a una concentración antibelicista. Cuando hagáis una concentración a favor de la paz, invitadme”. El pensamiento negativo es adictivo y la Madre Teresa visualizó que si hablamos del “no a la guerra”, lo que queda es la palabra guerra. Según su criterio el “no a la guerra” debía cambiarse por el “sí a la paz”. El mismo concepto lo había aplicado anteriormente el psiquiatra suizo, Carl Gustav Jung, cuando dijo: “todo lo que resistes, persiste”

 

Por un lado está la enfermiza avidez de la especie humana -que perfectamente se podría definir como fascinación- por consumir todo lo relativo a violencia, y por otro el hartazgo de las misma sociedades ultrajadas hastiadas de vivir con ese flagelo.

 

Un latinoamericano desde que sale a la calle toma medidas de seguridad para que no lo despojen de sus pertenencias. Así los hombres y mujeres andan con unas pequeñas bolsas de tela con cierre metálico que se ajusta a la cintura y muchas veces va por adentro del pantalón o la falda, para sentirse todavía más seguro. Resulta antihigiénico que los billetes huelan a prendas íntimas, pero el instinto de conservación es más fuerte. En medio de un mar de maleantes, asesinos y violadores, las medidas de seguridad nunca son suficientes. Un mediodía canicular de 38º de temperatura en la ciudad uruguaya, pasé con el ómnibus por la puerta del edificio donde viven mis padres y me llamó la atención ver a mi progenitor con un abrigo de manga larga. Había dos opciones: estaba loco de remate o se sentía muy mal. Ni una cosa ni la otra. Mamá me contó que papá iba por la calle y un joven le manoteó el bolsillo de la camisa (pectoral izquierdo) donde él pensaba que sus documentos estaban salvaguardados. Craso error: no tuvo en cuenta su edad ni la del furtivo delincuente. Para enmendar ese error, su mecanismo de defensa fue ponerse su sobretodo y que se riera quien quisiera (entre ellos, yo).

 

 

Lo que más asombra a los uruguayos radicados hace muchos años en el extranjero es como ganan terreno las verjas perimetrales de las casas y la puerta de hierro con cerradura que abre para afuera junto a la puerta de calle que abre para adentro. El turista es sensible a esos cambios y queda consternado tanto con las fachadas de casas y edificios, así como aquellos cines de antaño se transformaron en iglesias pentecostales. 

 

 

En mi última viaje visité la casa de unos familiares jóvenes que habían tomado la decisión de vivir en una casa en lugar de un edificio. Quedé estupefacto, porque en pleno corazón de Punta Carretas me encontré con una hermosa casa, pero transformada en un bunker casi inexpugnable. Además de la verja herrada de rigor, por encima de esta había cables electrificados. Para mayor seguridad, la alarma inteligente debería disuadir todo intento de robo o violencia. Llegar a casa es toda una estrategia logística porque cuando uno de los cónyuges se aproxima al domicilio con su vehículo, avisa por el móvil al que está dentro del hogar, para que vaya abriendo el portón -control remoto mediante, por supuesto; nada de acercarse a la puerta- y de esa manera no perder la vida en esos escasos segundos de espera, zozobra y desesperación. El contenedor de la basura, a su vez,  está en la esquina, a escasos veinte metros. Solo a un enajenado mental se le ocurrirá salir a las diez de la noche a botar los desperdicios. La basura pernocta en casa, hasta que la claridad del día permita que sea botada en el contenedor, como corresponde.

 

Mientras me relataba con absoluta normalidad sus efectivos mecanismos de defensa, se me ocurrió responderle en forma interrogativa: "¿cómo se puede vivir así?" La respuesta fue lapidaria: "estamos acostumbrados". Y yo digo que no están acostumbrados, sino que simplemente nacieron con esa manera de tener precaución por todo. No conocen otra cosa. A tal punto existe esa paranoia que hasta los pisos altos de los edificios tienen rejas en sus ventanas y no precisamente para evitar la caída de infantes. A la usanza de Spiderman, los intrépidos y aguerridos ladrones, desafían la ley de la gravedad y pueden colarse por cualquier orificio.

 

La TV uruguaya está plagada de publicidad con portones "inteligentes", con alarmas, con empresas de seguridad y realmente da asco ser testigo de cómo se aprovechan estas desgracias para lucrar. La gente dice con propiedad: "nosotros estamos detrás de las rejas y los delincuentes andan sueltos". 

 

La única manera de combatir la venta informal de productos en plena vía pública es no comprándoles a los vendedores "ambulantes". La única forma de crear ciudadanos honestos es dignificando el trabajo honrado y no fomentar la vagancia con planes de emergencia estatales. El único camino para erradicar el delito es educando a los niños desde los primeros pasos. Sin duda que van a producirse los resultados en la próxima generación. Bogotá y Medellín, por ejemplo, ya disfrutan esos cambios. 

 

El ídolo anónimo de los orientales era aquel que asaltó la sucursal 19 de junio del Banco República -mientras "Sosita" mandaba el balón a las nubes contra España (Italia 90)-, llevándose un botín de 45.000 dólares, sin violencia. En estos casos, surge con espontaneidad el clásico uruguayo "¡qué fenómeno!". Hoy es una divinidad aquel que robó ocho millones de dólares de diferentes cofres de seguridad de un banco de la Argentina sin disparar un solo tiro. A tal punto es ídolo que toda la prensa lo esperó en el Aeropuerto Internacional de Carrasco para tener las fotos del emotivo encuentro con su familia, como si se tratara de toda una celebridad. No solo eso, también fue invitado a un programa de TV para que contara sus "hazañas".

 

 

La prensa y televisión respaldan este concepto, pues en lugar de pasarlo por alto, le dan una enorme trascendencia y eso es lo que aprenden los niños. Basta con ver el embeleso y furor que produjo en todo el mundo la exitosa serie española de Netflix "La casa de papel" para entender estas reflexiones.

 

 

A influencia de la nefasta cultura argentina, los usos y costumbres de los uruguayos han mudado notoriamente durante las últimas décadas: aquellos ilustrados y valientes con los que soñó el prócer Artigas, no deja de ser una melancólica mueca de la cruda realidad que nos enseña la murga Agarrate Catalina, en una suerte de ensayo antológico sobre sociología: 

 

 

Vengo de las cabezas soy una banda descontrolada, 
hoy no me cabe nada, vas a correr porque sos cagón. 

Son todos unos putos,unos amargos, unos buchones, 
llaman a los botones, vinieron todos se quedan dos. 

Hoy vas a correr, porque sos cagón, 
con el culo roto, porque mando yo. 

Voy a salir de caño, ya estoy re duro, estoy re pasado, 
como ya estoy jugado me chupa un huevo matarte o no. 

Mi vida es un infierno, mi padre es chorro, mi madre es puta, 
vos me mandás la yuta y yo te mando para el cajón.

Yo soy el error de la sociedad,

 

soy el plan perfecto, que ha salido mal. 

Vengo del basurero que este sistema dejó al costado, 
las leyes del mercado me convirtieron en funcional. 

Soy un montón de mierda brotando de las alcantarillas, 
soy una pesadilla de la que no vas a despertar. 

Vos me despreciás, vos me buchonéas, 
pero fisurado, me necesitás. 

Soy parte de un negocio que nadie puso y que todos usan, 
es la ruleta rusa y yo soy la bala que te tocó. 

Cargo con un linaje acumulativo de misiadura, 
y un alma que supura veneno de otra generación. 

Yo no sé quien soy, yo no sé quien sos, 
el tren del rebaño se descarriló. 

Ya escucho las sirenas la policía me está encerrando, 
uno me está tirando me dio en la gamba, le di a un botón. 

Pasa mi vida entera como un tornado escupiendo sangre, 
manga de hijos de puta me dieron justo en el corazón.

 

http://www.youtube.com/watch?v=iHBuC4n2STE&authuser=0

 

 

 

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