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Horror en Siria (y en todos los confines del mundo)

April 8, 2018

"Horror en Siria: un ataque químico en la ciudad de Duma dejó al menos setenta muertos, la mayoría niños y mujeres".


Con este título escalofriante los portales informativos del mundo abren sus páginas web esta mañana de 8.4.2018. La conclusión rápida y desapasionada es que si fueran doscientas las víctimas, o quizás mil, la indiferencia del mundo sería la misma. La única especie que siente en el alma el racismo y le fascina promoverlo a lo largo y ancho de la faz de la Tierra es la humana.

 

Esta semana apareció en la Web un vídeo casero filmado en España que muestra cómo un pequeño intenta disfrutar de las delicias de un tobogán –ayudado por una madre que busca desesperada ayuda visual hacia los cuatro puntos cardinales-, pero sus congéneres que están en el punto más alto de la rampa, no se lo permiten.

 

https://www.bing.com/videos/search?q=racismo+en+espa%C3%B1a&&view=detail&mid=40E160D68F1F2D08AE0940E160D68F1F2D08AE09&&FORM=VRDGAR

 

¿Cuál es el factor mental que impide a que ciertos niños no dejen a que otro se divierta como ellos, si ni siquiera lo conocen? Simplemente su apariencia exterior, la pigmentación de su piel. Lisa y llanamente el niño cometió el pecado de venir al mundo “pintado” de negro. ¡Mala palabra si las hay! Hemos caído tan bajo que la mayoría de los negros detestan que lo denominen con ese apelativo.

 

El racismo se manifiesta en el lenguaje coloquial, en las pautas publicitarias y en la prensa. En una interminable lista plagada de estúpidos eufemismos, encontramos que los ciegos son discapacitados visuales, los sordos discapacitados auditivos, los viejos son "adultos mayores" y "rellenitas" las gordas cuyo culo no pasa por una puerta. Capítulo aparte son los negros; antes se los llamaban "morenos" y ahora descubrieron un giro idiomático fantástico: "afro descendientes". ¡¡Qué ridiculez!! Los negros son negros y no creo que se vayan a ofender si los llaman de esa manera, como yo no me ofendo si me dicen judío. 

 

Pero volviendo a las muertes de Asia y África, en el espacio cibernético aparecen de vez en cuando arrebatos de “decencia”, ante la suerte de estos pueblos sumidos en la desesperanza y la pobreza. Hace algunos años aparecieron los afiches "híper sensibles"  de adhesión a medias a la tragedia vivida en Somalia: “¡yo soy Mogadiscio!” Digo a medias, porque la verdad cruda es que a casi nadie le importa lo que sucede en esas geografías erosionadas por el olvido. En cambio si las muertes suceden en Roma, París, Nueva York, Londres o Barcelona, nos ponemos las camisetas de una vez y lo mostramos con altivez en nuestros perfiles de Facebook.

 

Solo un iluso puede pretender que la gente se solidarice con los muertos de Somalia o Siria. ¿A quién le importa que hayan tenido una muerte espantosa algunos centenares de negros africanos? Es una muestra fehaciente que el racismo está en nuestro Mundo Occidental y aunque nos dé vergüenza, no lo podemos evitar. Juro que cuando suceden atentados en estos países ni siquiera me detengo a leer los artículos para ver qué fue lo que pasó, mientras que cuando lo mismo sucedió en Barcelona no me perdí detalle. Este es el nefasto legado que nos obsequia la educación que recibimos en hogares y escuelas: hacemos la diferencia entre muertos pobres y VIP. Una persona arrollada por un vehículo en Nueva York, vale más que setenta pobres sirios ultimados con armas químicas. Esa es la ecuación que hace nuestro mundo y aunque tratemos de reflexionar sobre ciertas conductas, el racismo está ahí, goza de excelente salud y no se vislumbra esa tolerancia que haga de este planeta un remanso de paz.

 

Pero esta es una página que abarca el veganismo desde un punto de vista filosófico. El vegano no se preocupa por el bienestar de su especie, sino porque los derechos de las otras no sea avasallado por la nuestra. Yo siempre digo que no se puede ir contra la naturaleza de un pueblo. Si el pensamiento anterior es una verdad absoluta, entonces la siguiente interrogante se cae de madura y pronostica que las lluvias de sangre nos seguirán azotando: si los pueblos no logran cambiar su naturaleza, ¿será posible cambiar ciertos comportamientos de la especie humana?  A propósito, viene de maravillas un pensamiento que se le atribuye al Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, el Papa Francisco. Se aplicaría para José Bergoglio aquella frase que dice: “somos amos de las palabras que callamos y esclavos de las que dejamos escapar” o una máxima que proviene de las entrañas del vulgo: “ha perdido una oportunidad histórica de callarse la boca”. Dicen que el líder de El Vaticano manifestó en una entrevista: “El infierno no existe”.

 

Enseguida me pregunté: ¿cómo pudo haber dicho semejante barbaridad si los infiernos se cuentan por millares en todas las latitudes del mundo? A propósito el filósofo judío de origen alemán, Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno, desnudó de manera sublime nuestra peligrosa complacencia y pasividad con el statu que nos asfixia sin que nos demos cuenta: “Auschwitz empieza donde quiera que alguien mira un matadero y piensa: sólo son animales”

 

 

Hemos aprendido a convivir pacientemente con campos de exterminio en nuestras ciudades y la apatía hacia esa sangre es total y absoluta. La sangre de los animales que no utilizamos como comida es la que activa nuestras neuronas a favor de la defensa de las especies "desprotegidas". Aquellas que tienen la "versatilidad" para brindarnos su carne como alimento, su leche como bebida "insustituible", su cuero como abrigo y calzado, sus huesos para refinar azúcares y fabricar gelatinas, su grasa para hacer jabón y champú, no pueden despertar el más mínimo síntoma de misericordia, pues son demasiado preciados los beneficios que nos aportan. 

El concepto de antropocentrismo que reza que todo nos pertenece, va sólidamente fusionado con aquel que establece que no tenemos la más mínima intención de abandonar nuestra "zona de confort". A través de miles de años de evolución fuimos acuñando vicios tales como la pereza, la holgazanería y el desgano. La zona de confort se ciñe a un estado intelectual, mediante el cual nos sentimos cómodos, seguros y protegidos. Cada uno de esos espacios mentales es personal, y de acuerdo con los cambios que deseemos practicar en nuestras vidas, lo expandiremos o encogeremos. Expandirlo es solamente para mentes privilegiadas, que en aras de obtener beneficios sustanciales en su calidad de vida, deberán renunciar a hábitos más consolidados que la raíz de un secuoya; encogerlo -que es lo más usual- implica caer en el conformismo y limitar los sueños a cosas que se puedan alcanzar sin mayores esfuerzos. Las dos caras de la actitud se pueden apreciar mejor con los siguientes ejemplos: dicen que el hecho de subirse al podio para recoger la medalla dorada olímpica es simplemente un mero trámite. La presea no se gana en la final, sino en los rígidos entrenamientos, en el esfuerzo diario y el sudor de años de trabajo. La otra cara es la del hombre cincuentenario que se mira al espejo desnudo y acepta sin luchar el voluminoso abdomen que la "naturaleza" le ha otorgado. Diciendo "tengo cincuenta años" justifica de manera conformista las verdaderas razones que no quiere ver. Es la batalla entre la tenacidad y la perseverancia contra lo pusilánime y timorato.

 

El cambio que deseamos implementar para mejorar nuestras vidas no está exento de un proceso de transformación que implicará ciertos padecimientos o incomodidades pasajeras, pero cuyo resultado redundará en el óptimo desempeño del trío cuerpo, mente y alma. No somos proclives a las modificaciones y todo justificativo verbal inconsistente tendrá fuerza de ley para minar nuestra mente. Los excesos o inoperancias de la juventud se pagan inexorablemente en la vejez, tal si fueran una caja de ahorro.

 

De la mano del concepto de antropocentrismo referido en los párrafos anteriores se asoma la noción de especismo. Se trata de la misma realidad vista desde otro ángulo que reafirma el concepto de que la única especie que discrimina y subordina a todas las demás es la humana. Todos los animales están dotados de sensibilidad, por tanto tienen la capacidad de amar y sufrir -al igual que el hombre-, además de intereses y necesidades propias. Pero a la hora de establecer diferencias, la pertenencia al grupo de los humanos es la determinante respecto de quién merece el respeto de sus derechos y quién no. Argumentos históricos, culturales y sociales milenarios se funden para determinar en forma arbitraria que los humanos gozamos de todos los privilegios respecto de los derechos e intereses de las otras especies.

 

Yo que he convivido con la discriminación desde que nací por mis orígenes judíos; a mis cincuenta años nunca imaginé que la habría de sufrir mucho más potenciada con mi vuelco al veganismo. Y ese vuelco es el que me imposibilita separar cosas que son exactamente iguales (por no decir idénticas). En el marco del capítulo más dramático en la historia de la humanidad que tiñó de sangre el siglo XX, debo haber visto esta misma imagen miles de veces. Lo único que cambia en estas fotos son las víctimas; el sadismo y la maldad son absolutamente equivalentes. ¿Después de ver esto seguirás pensando que los veganos son extremistas?

 

 

A medio siglo del asesinato de Martin Luther King, viene de maravillas una de sus profundas reflexiones: "Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos". De la manera cómo canalices tus pensamientos podrás aplicar esta frase para uso exclusivo de la especie humana o darle un giro de ciento ochenta grados y transformarla en vegana. El futuro del planeta depende de la manera cómo tú ves la realidad. Si la primera foto con las fosas humanas te perturba, mientras la de los cerdos te hace permanecer impávido, ya conoces el inexorable futuro del planeta. Si practicas el cambio desde lo más profundo de tu corazón y te abstraes de las "enseñanzas" de tus padres y maestros, entonces llegarás a la conclusión que se trata del mismo crimen. Recién allí sentirás que la sangre de los sirios y de los cerdos son tan importante como la del ciudadano que cayó en un atentado en París. Esa empatía hará que tu sangre fluya hacia un mundo promisorio, venturoso y lleno de sorpresas para todos los hermanos terrícolas que lo poblamos. 

 

 

 

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