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Productos lácteos: ¡bonita manera de disfrazar el veneno!

March 17, 2018

Uno de los termómetros que mide cómo siente (y se ofende) la gente son las redes sociales. Amparándose en un ordenador, las personas son capaces de agredir hasta la abuela de uno, si un comentario no gustó o no se adapta a la cosmovisión del lector. Pues bien, en mi página web esenciavegana.com, el 11 de marzo de 2018 publiqué un artículo al que titulé: “La leche de vaca es vida solamente para el ternero; para la especie humana es la muerte lenta y dolorosa”. La idea central de dicho escrito pasa por la siguiente interrogante: si el tabaco y los productos lácteos son altamente tóxicos para el consumo humano, ¿por qué es normal advertirle al consumidor que el cigarrillo mata y evitar el mismo mensaje apocalíptico para los segundos? Tantos fueron los improperios recibidos que decidí redactar una segunda parte.

 

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Una de esas voces “imperceptibles” –que dicen que los lácteos nos están matando- es la prestigiosa Universidad de Harvard, la más antigua de los Estados Unidos. Su Escuela de Salud Pública sentenció hace pocos años que la leche de vaca -debido a los altos niveles de grasas saturadas que posee, además de los componentes químicos adicionados para su producción- debería descartarse de la dieta de los humanos. El estudio confirma que enfermedades como cáncer de próstata u ovario, además de asma, alergias, artritis, fibromialgia, estreñimiento, conjuntivitis, obesidad, diabetes y anemia están íntimamente relacionadas con el consumo de productos lácteos. El informe exhorta a la población a erradicar estos artículos, sustituyéndolos por agua y una dieta rica en vegetales. Al no haber estado dicho estudio sujeto a presiones de índole político o empresarial, posee la confiabilidad que requiere cualquier tipo de investigación científica.

 

El terremoto que pudo haber provocado este informe serio y desapasionado de tan prestigiosa casa de estudios -que afirma que el modelo de criar vacas, su confinamiento y su explotación excesiva en establecimientos industriales producen leche con niveles elevados de un compuesto llamado sulfato de estrona, vinculado con el cáncer testicular, de próstata y de mama- no fue tal. El lobby de la industria láctea -apadrinado por los gobiernos- tiene la fuerza arrolladora de minimizar y tornar insignificantes las serias advertencias de Harvard. A cualquier precio los estadistas buscarán perpetuar la mentira, pues esta industria da trabajo a millones de personas; que también las mate parece ser un asunto de poca monta.

 

 

Nadie tiene el coraje de poner un manto de duda sobre el concepto que la leche de vaca es fuente de calcio necesaria para el crecimiento correcto, así como para la salud de huesos y dientes. Tampoco se pondrá en tela de juicio que proporciona minerales como fósforo, yodo, potasio, magnesio y zinc, además de vitaminas a y d. En el mercado podemos encontrar algunos de los siguientes tipos de leche: entera (es decir, en su estado natural, sin elementos agregados o eliminados), semidescremada, descremada, deslactosada, omega 3, enriquecida con calcio, evaporada, condensada, etc. Si a este fastuoso repertorio agregamos los yogures y quesos,

la propuesta es más que fecunda además de descon-

certante, pues a veces no se sabe qué elegir-.

 

Los argumentos irreprochables del informe de Harvard, estarán sentenciados a muerte cuando el consumidor decida incluir el trillado: "lo dice la televisión". De esa manera, ese mágico medio de comunicación, sumado al cerebro fácilmente maleable de las masas y a la falta de escrúpulos de parte de los grandes capitales, hace de esta una industria robusta y líder en los mercados. Lo que duele y realmente preocupa es que se juega con la salud de la población, pues este ardid es sobre la base de nuestra alimentación y sobre todo, la de nuestros niños.

 

Por lo tanto, debo inferir que así como en su momento aparecieron los cigarrillos light y ultra light para que la gente siguiera consumiendo sin riesgos aparentes para su salud, de la misma manera aparecieron los quesos y yogures light -siempre con un guarismo indicando el porcentaje de grasa en el pote-. La estafa radica en que nos venden un producto para cada necesidad, cuando a la larga todos perjudican de igual manera. A pesar de todas estas propuestas bajas en grasa, las ballenas humanas pululan en las grandes urbes y seguramente encontrarán explicación a su desproporcionado peso corporal en problemas metabólicos o genéticos. Nunca la causa de infartos, colesterol y otras enfermedades podrá estar relacionada con la leche o la carne. Tan embrutecidos estamos que hasta los propios médicos las recomiendan.

 

 

 

La buena noticia para los preocupados padres de niños que rechazan la leche es que los disfraces están a la orden del día, circunstancia que garantiza para las empresas ganancias a perpetuidad. Nutricionistas y publicistas hicieron la amalgama perfecta para que todo aquello que resulta asqueroso entre por los ojos como bonita novedad. Para tal fin, hace tiempo que han salido al mercado nuevas presentaciones de leche con variados sabores a frutas que la hacen más fácil de beber y por sobre todas las cosas, "más divertida". Si el sabor a fruta no fuera tan sugestivo, los envoltorios jugarán su rol lapidario para desestimar esa tenaz negativa a consumir el fluido vacuno. A tales efectos, las cajas con cereales contienen historias, héroes, juguetes, sorpresas, además de "toneladas" de azúcar refinado, lo que en definitiva distraerá la mente del pequeño. Estos enormes consorcios aprovechan para manejar con maestría el dato que con referencia a este tema puntual, el raciocinio de los adultos se mantiene fuera de servicio. Siempre me pregunté: ¿qué necesidad hay de agregarle tanto ingrediente a un alimento para promocionarlo? No lo veo con las zanahorias ni tampoco con las uvas. Además de las canciones perniciosas con las que se cría a los niños, están los coloridos envases y los alegres nombres de comercios que venden productos de origen animal: todas estrategias comerciales para potenciar la venta.

 

https://www.esenciavegana.com/single-post/2018/01/06/%C2%A1Se%C3%B1ora-Vaca-usted-sabe-trabajar 

 

Un efecto publicitario que resulta más que efectivo es humanizar las caras de vacas, cabras y pollos con sonrisas de oreja a oreja, como si estuvieran felices de servir con su carne y su leche a que los humanos calmemos nuestra hambre. ¡Eso sí que es altruismo! Mataderos, parrilladas, avícolas, fabricantes de productos lácteos y lanerías tomaron como leitmotiv esa forma de idear logotipos con rostros felices, ocultando de manera astuta y fría vidas miserables y una oda a la tortura. La efectividad de esta grosera distorsión de la realidad queda patente cuando la vecina acude al supermercado e interpreta comida en lugar de sufrimiento. Vemos esa dulce sonrisa y quedamos empaquetados -y sin posibilidad de reacción mental- ante la fantástica presentación del producto. Pese a que la muerte está a simple vista, nos empecinamos en ver solamente nuestra comida. El asunto de la leche es más sutil, porque si no vemos muerte en una pechuga de pollo o en un jamón ahumado, menos vamos a ver tortura y sufrimiento en una botella con una simpática vaca sonriéndonos.

 

Muy a nuestro pesar, la industria láctea puede distenderse en un sofá y reposar plácidamente, pues sus productos parten de una balanza comercial más que próspera porque Dios, los adultos y los maestros la apadrinan. ¿Quién puede llevarle la contra a semejante tradición? Los “locos” veganos que seguirán luchando contra los molinos de viento, en aras de traer un poco de cordura a los débiles cerebros humanos manipulados por la sociedad de consumo y la tradición.

 

 

 

 

 

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