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La banalidad del mal

February 10, 2018

La insaciable gula humana -que exige cuatro comidas diarias basadas en productos de origen animal-, hace que el sistema no se lleve bien con palabras como sentimentalismo, compasión o piedad. Lo único que importa es producir más y más, y eso se logra a base de trabajos forzados, esclavitud y por supuesto, muerte. Ese sufrimiento nace con la vida misma y con la muerte llegará el ansiado sosiego, la paz. En todo momento los animales son conscientes del entorno mísero que los rodea y perciben cuál será su destino. El trabajo allí se hará en tres turnos de ochos horas cada uno, y no habrá tiempo para temas superfluos y diatribas en pro de los derechos del animal. Siempre hay mal nacidos que disfrutan con el sufrimiento ajeno, pero quien piensa que todos los empleados del área de producción de estos campos de exterminio se caracterizan por el sadismo está profundamente equivocado. Son padres y madres de familia como usted, como yo. 

 

Quien se llevó todos los "aplausos" por los excelentes resultados que obtuvo la eficiente orquesta filarmónica alemana de exterminio, fue su eminencia gris y director, Adolph Eichmann, el cual jamás mostró remordimiento alguno por su accionar en el pasado, sino que llegó al extremo de afirmar que no había hecho nada malo. En 1961, en el Estado de Israel, se le inició juicio por la limpieza étnica perpetrada contra el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. Además de este crimen, Eichmann fue acusado de delitos de lesa humanidad y de pertenecer a una organización genocida, por lo que fue condenado a morir en la horca en 1962.

 

Una de los cientos de corresponsales que cubrieron el controversial juicio fue la periodista de la revista The New Yorker, Hannah Arendt. A raíz de las experiencias recogidas en el proceso penal, Arendt escribió un polémico libro al que tituló "Eichmann en Jerusalén". Según su criterio, la actitud del reo no era la de un antisemita nato, persona desquiciada o extremadamente violenta; todo lo contrario. La autora afirma que Eichmann simplemente quiso destacarse en su trabajo y por tal motivo se esforzó para que la tarea fuera a plena satisfacción de sus superiores. Como empleado que era, no reflexionaba sobre el objetivo ni en sus consecuencias, sino en cumplir las órdenes a rajatabla con eficiencia extrema. El sentimiento sobre si sus actos eran perversos no formaba parte de su cosmovisión. Se trataba de un simple burócrata ostentando un puesto de relevancia en una mega empresa.

 

A ese que toda la prensa internacional calificó de monstruo -cuyos actos no eran disculpables bajo ningún concepto-, Arendt lo vio como un engranaje fundamental dentro de la "factoría". Utilizó la frase "banalidad del mal" para expresar que algunos individuos actúan bajo las reglas de un sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos y consecuencias. Lo que realmente les importa es cumplir con las órdenes recibidas. En otras palabras, a su juicio fueron personas normales, a pesar de las atrocidades que protagonizaron. En el caso específico de Eichmann, no mostró culpa, odio, ni resentimiento y en todo momento alegó su exoneración de las incriminaciones debido a que no solo había cumplido con su deber, sino que también había obedecido la ley.

 

Por supuesto que lo sostenido por Arendt levantó mucha polvareda, pues bajo ninguna circunstancia se puede justificar el asesinato de seis millones de personas simplemente porque el desempeño de la empresa encargada de la limpieza étnica haya sido casi impecable. El odio, la saña y la frialdad tuvieron que ser un ingrediente psicológico primordial para la consecución del éxito. A propósito, el siguiente diálogo -absolutamente esclarecedor- lo rescaté de la fantástica obra del cine francés “I como icaro" (Henri Verneuil, 1979): "¿Quiere decir que en un país civilizado, liberal y democrático, dos tercios de la población son capaces de ejecutar cualquier orden que emane de una autoridad superior? En el caso de un genocidio, cuando el tirano decide matar a seis millones de personas, necesita por lo menos un millón de cómplices, de asesinos, ¿cómo logra hacerse obedecer? "Dividiendo las responsabilidades; un tirano necesita un millón de pequeños funcionarios tiranos ejecutando tareas triviales, sin remordimientos, que no se den cuenta que son la millonésima parte del acto final. Los que arrestan a las víctimas, solo las arrestan. Los que las conducen a los campos, son solo conductores. Y el administrador del campo cumple con su deber de director de prisión. Los individuos más crueles se usan al final, así la obediencia es fácil y cómoda para todos. Lo más sorprendente es que todos actúan sin odio, ni cólera, sin siquiera esperar una recompensa".

 

Cada uno hace su parte y para algunos pocos elegidos es el trabajo "feo". La división del trabajo hace más llevadero el fin y es así que mensajeros, camioneros, oficinistas, relacionistas públicos, personal de planta, de limpieza, empresas de publicidad, revendedores, matarifes y por supuesto, los consumidores, mancomunan esfuerzos para hacer posible que todo este frenesí sea "humanamente" encubierto y llevadero.

Apostaría lo que fuera a que ningún niño -si le dieran a elegir- optaría por faenar vacas o cerdos como trabajo en la adultez. La "banalidad del mal" de la que hablaba Arendt, se cumple a rajatabla a la hora de hacer valer el mentado antropocentrismo. Un operario que se mueve como autómata abre de par en par el vientre de un cerdo, viene otro y le quema la piel, un tercero le saca las vísceras, y así automáticamente hasta el final del proceso, como si estuvieran etiquetando chancletas o empacando cuadernos. Simplemente una tarea más. A la noche llegarán a su hogar, darán un beso a sus hijos, cenarán en familia, verán un poco de televisión y a reposar, porque mañana habrá de reiniciarse el sangriento ciclo sin fin. Comenzarán la tarea golpeando con saña a las vacas que no "cooperan", será necesario retorcerles la cola como castigo y terminar arrastrándolas por el cuello, encadenadas a un tractor, para que las demás vean lo que les va a suceder si no hacen lo que tienen que hacer: comportarse adecuadamente y caminar hacia la muerte con alegría. ¡Gajes del oficio que le llaman! ¡Contingencias que se presentan a diario y que hay que resolver de inmediato! No hay tiempo ni capacidad para la reflexión.

Nada plasmó ese estado de alienación como la película Tiempos modernos. Escrita, dirigida y protagonizada por el excelso e inigualable Charles Chaplin, el filme se destaca como una de las obras monumentales del séptimo arte de todos las épocas. El autor nos enseña cómo la Revolución Industrial perfeccionó esa simbiosis entre el empleado y su máquina, en aras de dotar de mayor eficiencia los furiosos procesos fabriles y la cadena de producción. La película logra entre la delgada línea de la tragedia y la comicidad, mostrar el modo como el maquinismo y el capitalismo quitan el juicio y el alma a los obreros. Nos describe con gran sutileza cómo un único movimiento repetido miles de veces durante la jornada laboral, todos los días, todos los meses, todos los años, toda la vida, transporta al obrero a un estado de semiinconsciencia en el que la razón pasa a ser una visita fugaz. Lo único que hace el protagonista durante su maratónica jornada laboral es apretar tuercas. Haciendo un traslado al álgido tema abarcado en este artículo, me surge la escalofriante pregunta: ¿cómo llega a su hogar un obrero que durante treinta años se dedicó a cortar los testículos a lechones recién nacidos? ¿Soñará todas las noches con los espeluznantes chillidos de dolor de estos recién nacidos o conciliaran el sueño abstrayéndose de su oprobiosa rutina? 

 

https://www.facebook.com/glass.walls.israel/videos/888785434613779/?fref=mentions&pnref=story

(la rutina de cortar testículos)

 

Absolutamente todas las empresas actúan con la misma crueldad, y si la gente sigue en la contumacia de consumir carne, leche y huevos es simplemente por una cuestión cultural, por ignorancia, por ser fríamente apática e insensible al dolor ajeno, y por la fastuosa inversión en publicidad que tiene la magia de revertir un acto criminal en un obsequio de la naturaleza.

 

 

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