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¿Cómo "vender" el veganismo a un mundo sordo y ciego?

February 3, 2018

¿Cómo “vender” el veganismo a un mundo ciego y sordo si la paremiología nos enseña que "no hay peor sordo que el que no quiere oír"? 

 

“Yo como carne porque es un regalo de Dios y porque estamos en la cima de la pirámide de la cadena alimenticia”. (Adagio popular)

 

¿Cómo se hace para luchar contra este embuste tan viejo como el tiempo?

 

Cuando me di de bruces con el vídeo sobre el maltrato animal que orientó mi vida hacia el veganismo, fui calificado de fundamentalista, de hereje. El agravio poco elaborado tiene su fundamento en la sencilla razón que la gente no se siente cómoda con conceptos que traerán aparejados cambios en el quehacer cotidiano. Despertaba mi curiosidad saber la opinión de amigos cercanos respecto de si era conveniente sumergirme en un tema tan profundo, tan pesado y dentro del cual se mueven cifras exorbitantes de dinero. Todos fueron contestes en declarar sin pudor: "deja todo como está; no te metas en debates extravagantes; en definitiva, no vas a lograr nada y el mundo seguirá tal cual es. ¿Para qué perder tanto tiempo en una actividad que no va a aportar nada al mundo ni a tu bolsillo?"

 

Una vez culminé la redacción del libro “Fueron felices y comieron perdices”, un buen termómetro para evaluar las sensaciones que el manuscrito produjo, fue la opinión de dos reputados literatos de confianza. No me resultó sorpresivo que calificaran el texto de "desenfadado, vehemente e irreverente". Soy consciente que la perspectiva vegana plantea temas difíciles de digerir. El mundo todavía ve como agraviante que se ponga un manto de duda sobre las religiones, los humanos y su sociedad de consumo, y como bien dice el postulado: "quien compra un artículo, es para disfrutarlo", así sea un libro. La gente no compra material de lectura para que un insigne desconocido le diga con total desparpajo que las cosas no son exactamente como las enseñan padres, abuelos y maestros. Resulta imposible "vender" el argumento del veganismo sin herir la susceptibilidad del lector “carnívoro por naturaleza", que de una manera u otra se sentirá ofendido y atacado.

 

https://www.amazon.com/Fueron-felices-comieron-perdices-barbarie-ebook/dp/B0716NMXK7/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1494798045&sr=1-1&keywords=FUERON+FELICES+Y+COMIERON+PERDICES

 

El libro lo redacté en seis meses y dos años me llevó “adaptarlo” al público no vegano. Si yo lo hubiese sacado al mercado directamente como lo escribí, sin cambios, la gente hubiese leído solamente la primera hoja. El actor James Cromwell – que protagonizó la película del cerdito Babe y que, además, es un reconocido activista por los derechos de los animales- dijo una frase muy interesante: “si usted siente que hay una necesidad urgente de que la gente entienda la cultura en la que vive y su costo respecto de otros seres vivos, entonces usted necesita sacudirlos; tiene que mostrarles las cosas que no quieren ver, porque siento que un enfoque más sutil no es eficaz”.

 

Este no es un tema fácil de manejar porque los que están en mi vereda ven un carrusel infernal en el plato que llega a los comensales no veganos; mientras que los que están del otro lado, solo ven comida. Uno ve sufrimiento, martirio, hacinamiento, maltrato, muerte premedita y alevosa, mientras que el resto ve solamente alimento.

 

Al principio, comencé a catalogar a mis prójimos de asesinos. Dentro de ese rango estaba mi hija, mi esposa, mis amigos, mis padres, mis hermanos; estaban todos. No podía entender cómo lo que para mí se descubría tan claramente, no lo era para los demás. Pero, con el pasar del tiempo, las ideas revolucionarias van acomodándose y aquellos asesinos de pronto dejaron de serlo para transformarse en grandes ignorantes y formidables cómplices que reciben de brazos abiertos los productos de la industria pecuaria que con tanto esmero y “altruismo” nos vende la publicidad.

 

El artista que diseñó la portada del libro, en su primer intento se remitió a mi expreso pedido de que quería dos psicópatas (padre e hijo) armados para la guerra y a punto de atentar contra la integridad de una inofensiva vaca y un simpático pollito. Era la manera de dejar reflejado en una imagen mi  incomodidad de estar rodeado de despreciables asesinos seriales. Cuando vi mi idea plasmada en el papel, entendí que era una portada sumamente violenta y me hizo comprender que debía buscar otro camino. Por lo anterior, decidí descartarla.

¡Si será difícil vender el veganismo que nos cuesta sangre, sudor y lágrimas intentar sacarles las anteojeras a los “vegetarianos”! Se parte de la premisa que si compartimos foros con ellos es porque evidentemente tenemos algo en común. Los vegetarianos no pueden decir que no tienen idea acerca del maltrato animal, pues están siendo bombardeados a cada instante por los veganos. Les gusta hablar de procesos lentos y “transiciones” para dar ese gran salto de calidad, y por tal motivo, siempre invocan cataratas de excusas muy emparentadas con la conservación de las más rancias y deplorables costumbres humanas. Mientras estos se toman su tiempo, millones de animales van muriendo minuto a minuto, sin pausa y con mucha prisa. Es más importante para ellos que el queso mozzarella esté derretido de manera uniforme en la pizza que la traumática separación de terneros y madres -víctimas anónimas de  la industria láctea-. ¿Si no podemos concientizar a los vegetarianos vamos a hacer entrar en razones al público en general?

 

De a poco empiezan a aparecer reputados estudios que enfatizan que tanto la carne como la leche son absolutamente letales para nuestra especie. Pero la gente los mira de soslayo, como que no quiere creer en ellos. Hace algún tiempo, apareció la estremecedora noticia que Brasil (principal exportador de carne vacuna del mundo) se vio sacudido al ser descubierto un sórdido negocio: venta de carne podrida. ¡Solo un iluso puede llegar a elucubrar la alocada idea de que ese “alimento” iba a ser descartado! Hay que entender que las empresas de productos lácteos y cárnicos no son la Madre Teresa de Calcuta, necesitan vender a cualquier precio para generar divisas y no van a dudar un ápice para hacer de esa carne en mal estado un manjar a los ojos de los consumidores.

¿Cuál es el común denominador de todas las pautas publicitarias? Los niños. Todo apunta hacia los más pequeños; los grandes consumidores del mañana. Algún día se transformarán en adultos y cuando lleguen a esa etapa de la vida, su “disco duro” estará fuera de servicio. La consigna es mantenerlos cautivos desde su más tierna infancia. Cuando el niño está inmerso en un mundo signado por el fraude, tomará la mentira por verdad y su intelecto no le permitirá otra alternativa que sucumbir ante los “encantos” de estos venenos camuflados.  

Pero también es verdad que la única esperanza que tiene el mundo de reverdecer de sus cenizas es a través de esos mismos pequeños. Todavía son recuperables a cierta edad y no son pocos los testimonios que nos muestran su empatía hacia al reino animal, mientras que el resto de la humanidad se mantiene impávido y hasta disfruta con emoción de la muerte de seres indefensos. La única manera de combatir esta trama y este mito es encontrando inspiración en una máxima de Cicerón: “como nada es más hermoso que conocer la verdad, nada es más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla por verdad”.

 

https://www.facebook.com/100015178115300/videos/320277058488229/

(empatía de niños con la vida animal)

 

https://www.facebook.com/LaVanguardia/videos/1312520788811507/

(goce por la muerte de un animal)

 

Para hacer honor a la verdad, allí están los veganos luchando contra los molinos de viento cuyos cimientos son la tradición.  Es por ello que se hace necesario, imprescindible diría yo, mostrar esos vídeos crudos con imágenes espeluznantes para que la gente vea de una buena vez qué es lo que sucede detrás de los muros. Lo violento no es mostrar las imágenes, sino patrocinarlas con la compra de huevos, lácteos y fiambres.  Yo grafico el loable movimiento vegano como una simple bicicleta empujada por el aliento de cuatro o cinco “lunáticos” que se da de frente con un tren bala a trescientos kilómetros por hora, empujado por la historia, la sociedad de consumo y los grandes capitales. Se trata de una lucha totalmente desigual. Lo moraleja vegana es: "no hay peor gestión que la que no se hace" y aquí estaremos siempre para mostrar lo que la gente no quiere ver.

 

 

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