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El festival de la matanza: el pavo de Acción de Gracias

November 18, 2017

Las palabras "festival" y "matanza" se consideran antagónicas para cualquier cultura que se precie de pacifista; una es sinónimo de alegría, la otra de sufrimiento. Solo el recurso literario del oxímoron puede juntarlas y dar un sentido lógico a la ilógica perspectiva humana de celebrar por motivos religiosos, culturales o gastronómicos la vana ejecución diaria de millones de animales.

 

El mayor ritual de sacrificio de animales por motivos religiosos se ubica en el pueblo de Bariyapur, Distrito de Bara, al sur de Nepal. La masacre de decenas de miles de búfalos de agua, corderos y cabras se celebra cada cinco años en honor a la diosa hindú Gadhimai, y se prolonga durante un mes. El gobierno tiene terminantemente prohibidas tanto las fotos como las filmaciones, pues estas hablan de una exquisita violencia en la cual los animales son decapitados por hombres de todas las edades -desde niños hasta ancianos desvalidos- mediante vigorosos y certeros golpes de machete. Mientras una multitud impaciente y arrebatada da rienda suelta al frenesí de sangre, las imágenes dantescas de cuerpos acéfalos por un lado y sus cabezas por otro se multiplican. Aquellos que participan de la ceremonia creen que la muerte de estos animales les traerá prosperidad y salud y, por tal motivo, ofrecen a la diosa cinco unidades degolladas. El modus operandi es introducir a los búfalos en una extensa zona cercada, en donde son decapitados a sangre fría. El sufrimiento de los animales es inconmensurable, pues muchos de ellos tardan minutos eternos en morir, al tiempo que son testigos silenciosos de cómo van cayendo sus pares en macabros ríos de plasma. 

 

Considerado uno de los países más pobres y con el mayor atraso del mundo, podría interpretarse que este jolgorio sanguinario sucede en Nepal debido al arcaísmo religioso que impera ampliamente en su cotidiano vivir. Nada más ajeno a la realidad.

 

A miles de kilómetros de allí, en el Atlántico Norte, se encuentra un pequeño archipiélago llamado Islas Feroe, perteneciente políticamente al reino de Dinamarca, en el cual su población goza de bienestar y un elevado índice de desarrollo. ¿En qué podría asemejarse un país primitivo en un enclave remoto entre India y China con unas pequeñas islas con habitantes de cultura netamente europea? En el festival de la matanza. Otras son las circunstancias, otros los animales, pero similar el resultado. La misma saña, los mismos golpes arteros, la misma obscenidad criminal, solo que trasplantados a otro escenario.

 

Mientras la opinión pública mundial lleva a cabo un ejercicio de hipocresía excelso, haciendo denodados esfuerzos para que se erradiquen definitivamente estas prácticas tan atroces como innecesarias -a pesar de que en sus propios países se cometen los mismos crímenes contra otras especies- los habitantes de las islas, basados en una tradición cultural añeja, descuartizan salvajemente miles de delfines calderones, aprovechándose de su característico temperamento sociable y dócil con respecto a los humanos. Interceptados en alta mar y circunscriptos a las aguas poco profundas de la costa (en donde estos cetáceos pierden movilidad debido a su gran tamaño), hordas indómitas se abalanzan sobre sus víctimas, sujetándolas en primera instancia con un gancho a través del orificio nasal y a la usanza de lo descrito anteriormente en Nepal, le entran a golpes con el mismo gancho, para meterse de lleno en la barbarie. Todos los animales mueren de forma brutal sin excepciones.

En el Nuevo Mundo nos encontramos con una tradición de varios siglos de antigüedad. Entre los meses de octubre y noviembre de cada año se desarrolla la hecatombe de chivos cebados en Tehuacán, Puebla (México), de donde sale el afamado plato llamado "mole de caderas". Por estar en permanente movimiento, debido a su excelente alimentación y extremo cuidado, los eruditos en artes culinarias consideran indiscutiblemente la carne de este ganado como la mejor del mundo. Varias generaciones de pueblerinos esperan esa época del año para dar inicio a la interminable faena. Mezclada con ritos cristianos en los que se alaba a Jesucristo, comienza la ceremonia en la que un hombre ataviado con ropajes tradicionales, coge al chivo de las patas delanteras para dar inicio a una danza tan patética como grotesca. Luego le atan las patas delanteras y traseras, lo cargan a la espalda de otro hombre para continuar la danza de la muerte, entremezclada con alabanzas a Dios por su bondad y misericordia.

 

Sustituido el cuchillo de ayer, las pistolas de aire comprimido de hoy lo hacen todo más fácil, y de un solo balazo por animal, sin mayores esfuerzos, se facturan millares de cabezas de ganado. Este espectáculo sangriento se justifica esgrimiendo razones históricas, alimenticias y económicas. Durante veinte días se matan más de diez mil chivos e increíblemente se hace un descanso para que los mexicanos rindan homenaje a sus muertos humanos, durante el 2 de noviembre. Recobrados los bríos suspendidos por el día de los difuntos, los hombres vuelven a la carga para que nada se desaproveche de estos chivos "ofrecidos" a la gente por la Divinidad. Con las pieles se fabricarán finos zapatos de dama, con la grasa se hará jabón y, por supuesto, la carne será para el deleite de propios y forasteros.

 

Lo relatado hasta ahora se ciñe a matanzas artesanales, más "humanas" (si se me permite la expresión cáustica y empapada de ironía). A partir de ahora, pasamos a las "grandes ligas" de las carnicerías. 

 

De los varios miles de animales sacrificados en Puebla, nos movemos algunos centenares de kilómetros para llegar a la majestuosa cifra de cincuenta millones de seres vivos faenados por la primera potencia mundial: los Estados Unidos de América.

 

El cuarto jueves de noviembre de cada año se celebra en dicha nación el Día de Acción de Gracias (Thanksgiving Day), en el cual los americanos agradecen por todas las cosas buenas que vivieron a lo largo del año. Ese día es festivo y las tiendas permaneces cerradas, preparándose "espiritualmente" para la rebatiña y el tumulto del día siguiente, mundialmente conocido como Black Friday, cuando los comercios rebajan ostensiblemente el precio de su mercancía. Esa noche de jueves, las familias estadounidenses celebran en sus hogares el acontecimiento con un opíparo banquete en donde la estrella principal que "engalana" la mesa es el pavo de Acción de Gracias.

 

Las matanzas atroces descritas anteriormente son una nimiedad comparadas con el pavo de Acción de Gracias norteamericano. Es la diferencia entre la faena artesanal y la verdadera industrialización de la muerte. Imposible buscar un punto de comparación entre diez mil y cincuenta millones de animales muertos. Hasta la presentación final del producto es diferente; lo artesanal luce colgado en improvisadas tiendas a la intemperie, con vestigios de sangre, maltrato y moscas por doquier, mientras que el producto industrializado disfraza la muerte en coquetos envoltorios.

 

El método para faenar cincuenta millones de animales no puede de ninguna manera asemejarse a lo referido hasta ahora. Para dicho fin se necesita infraestructura, enormes establecimientos, maquinaria, personal, leyes sociales, muchas paredes y pocas ventanas. Se trata de un concatenado aparato burocrático, industrial y publicitario que hace posible la fabricación de muerte sin que nadie pestañee. A cada pueblo le toca lo suyo, y como los estadounidenses son los más avanzados en tecnología, esta también se utiliza para optimizar los niveles de exterminio para deleite y regocijo de sus ciudadanos. 

 

En párrafos anteriores hice mención de la danza grotesca y patética con la que se da inicio al Festival de la Matanza en Puebla. Pues bien, la ceremonia en la que el presidente de los Estados Unidos "indulta" a un solo pavo del sacrificio, en honor al agradecimiento de la nación, no le va en zaga, pero no desde el punto de vista de la ridiculez de la ceremonia, sino por los eminentes niveles de cinismo e impudor propios de nuestra especie. George Bush estableció en 1989 que ese "acto solemne" iba a formar parte de la rica tradición norteamericana. Desde entonces, en los jardines de la Casa Blanca y ante toda la prensa nacional e internacional, comparece el presidente y haciendo uso de la palabra da inicio a una de las tradiciones más mediáticas y "simpáticas" antes del Día de Acción de Gracias. Las redes sociales sirven de plataforma para que la gente vote entre dos "contendores" -cuyas razones para llegar a ese privilegio representan un misterio a descifrar-. En forma relajada y distendida el mandatario hace el anuncio del pavo que ha de permanecer con vida según el "sufragio" de la gente. Entre risas cómplices, se deposita al pavo en una gran mesa y se lo acaricia tiernamente. Los 49.999.999 restantes tendrán la "satisfacción" surrealista de terminar en los voluminosos abdómenes característicos de los habitantes del gran país del norte.

 

 

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