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La crónica de una muerte anunciada

October 4, 2017

"Mucha gente, especialmente la ignorante, desea castigarte por decir la verdad, por ser correcto, por ser tú. Nunca te disculpes por ser correcto, o por estar años por delante de tu tiempo. Si estás en lo cierto y lo sabes, que hable tu razón. Incluso si eres una minoría de uno solo, la verdad sigue siendo la verdad".

 

Mahatma Gandhi

 

Decía el pensador irlandés Edmund Burke: "Para que el mal triunfe basta con que los hombres de bien no hagan nada". El concepto que encierra esta eminente frase, sumado al manejo equivocado que damos a nuestra materia gris, se amalgaman creando el ambiente sólido y próspero para que se sucedan las tragedias del género humano. Prueba de ello es uno de los mandatos del Decálogo: "No matarás". No hay que ser muy observador para darse cuenta que lo único que hacemos a lo largo de nuestras vidas es rendir tributo a la muerte: matar por placer, por deporte, para alimentarnos, matar por matar. El crimen en todas sus versiones está en nuestras vidas y lo tomamos como la cosa más natural del mundo, porque así nos lo han enseñado.

 

Una tragedia enluta al mundo vegano, y por añadidura a toda la especie humana. Después de un sistemático acoso por parte de sus compañeros "omnívoros", un escolar británico optó por recurrir al suicidio. La plausible decisión de no alimentarse de cadáveres fue duramente castigada por sus "amigos" y el mejor escarmiento que encontraron para el joven, fue que le arrojaran carne cruda de animales. Salirse de la senda recorrida durante milenios tiene su costo; el niño británico lo pago con su vida.

 

A manera de introducción, me resulta apropiado compartir la siguiente anécdota. El papá conducía el automóvil en compañía de su pequeña hija, cuando la luz roja del semáforo los hizo detenerse. Delante de ellos, había un enorme camión que transportaba vacas. Ante la pregunta de hacia dónde transportaban a esos animales, el padre tuvo un escalofriante arrebato de sinceridad y le espeto a su hija: "van al matadero". El lógico estupor con que la niña recibió la proba honestidad de su progenitor hizo que le formulara una infinidad de preguntas, a las cuales su padre respondió sin bajarse del pedestal de esa descarnada franqueza: "¿de dónde piensas que proviene la carne que comes todos los días?" La réplica de la niña, lógica y tajante, respondió a nuestra verdadera naturaleza: "¡entonces no quiero comer más carne!" ¿Cuánto tiempo puede durar la postura de una niña que "descubre" de manera fortuita la procedencia de su comida? ¿Cómo puede negarse a comer, si sus padres y hermanos mayores -que dan el ejemplo- lo hacen sin vislumbrar aflicción? Inevitablemente esos conflictos internos al poco tiempo quedarán sumidos en el olvido y aquel ser sensible que había recibido la noticia con profundo dolor y tristeza, "tendrá que hacerse fuerte y sobreponerse". Para retornar a la "naturaleza" anterior, la carnívora, contará con la ayuda de una milenaria tradición.

 

En mis primeros años universitarios y con un criterio que yo creía formado, me sucedió algo muy similar a lo vivido por esta pequeña. Varios amigos nos reunimos para celebrar con un menú más que "sugestivo": pavo a la parrilla. Lo que yo desconocía es que nuestro menú habría de recibirnos correteando por los rincones del patio trasero de la casa. El más audaz de los amigos tomó la iniciativa y con gran pericia le cortó la cabeza con una especie de hacha. Para mi gran estupor, el pavo decapitado corrió despavorido unos veinte metros, mientras su inerte cabeza yacía en la grama.

 

La fiesta terminó con gran alegría y todos degustaron las delicias del pavo a las brasas. Todos menos yo. No pude probar bocado y toda la reunión me la pasé pensando en los veinte metros de carrera y los torrentes de sangre que despidió el animal en sus últimos segundos de vida. Debí transformarme en vegano esa misma noche. La verdad absoluta es que demoré casi treinta años en hacerlo. La pesadilla de aquella noche no pasó de eso. Evidentemente la cultura hizo un excelente trabajo y mi "solidaridad" para con el reino animal fue nada más que una visita fugaz. El bombardeo y fuego cruzado que viene de médicos, padres, maestros, dioses, publicidad y televisión hacen que una decisión brillante e inapelable vaya sucumbiendo de a poco hasta fenecer. ¿Si yo con aquella anécdota traumática no pude cortar las cadenas de la historia, puedo pretender que una niña de diez años lo logre?

 

A la disciplina que explora las razones por las cuales una persona se contagia de una comunidad y repite los actos de esta, se la conoce como "psicología de masas". Esa influencia colectiva eclipsa la personalidad individual, le quita su autonomía y la subordina a una decisión grupal. El comportamiento social de dejarse afectar por un determinado grupo humano provoca que la persona ceda ante la fuerza dominante del colectivo. Ejerce el mismo poder de succión de una tromba cuando se lleva por delante y atrae como un imán todos los elementos que aparecen en su camino. A tal punto llega el grado de sumisión que el individuo no se plantea si el nuevo hábito está reñido con la ética y la decencia: lo hace y punto. Esa especie de hipnosis que padecemos por iniciativas grupales ajenas se ve en todas las manifestaciones humanas, pero muy especialmente en la política, la religión y la sociedad de consumo.

 

Dejemos volar la imaginación y supongamos que un profesor de sociología le impone la siguiente tarea a cinco de sus alumnos, con el fin de estudiar ciertas características del comportamiento humano: detenerse en el cruce más importante de la ciudad y levantar simultáneamente el dedo índice hacia el cielo, apuntando aparentemente hacia algo específico. ¿Cuál va a ser la reacción de los transeúntes que pasen por esa esquina? ¿Seguirán ensimismados en sus pensamientos y continuarán su ruta o se detendrán tan siquiera un instante para encontrar lo que no están buscando? Indudablemente que cinco personas señalando el cielo es una "multitud", por lo que cabría de esperar que los peatones vean avasalladas sus capacidades sensoriales y terminen sucumbiendo ante los encantos de descubrir "aquello". De esa forma se crea el efecto dominó, con el corolario de un descomunal atasco vehicular y cientos de curiosos mirando el cielo, haciendo todo tipo de conjeturas. Mientras eso sucede, los iniciadores del movimiento, los estudiantes, cómodamente sentados a la mesa de un bar, saborean un café y sacan apuntes para presentarlos al profesor.

 

Hay una ilustración que aparece en Internet que explica de manera eficaz esta conducta. En ella se aprecia un grupo multitudinario que está llegando a la cima de una montaña que conduce a un precipicio. Aquel que va último en la fila le pregunta al que va a su lado: "¿Hacia dónde nos dirigimos?" La respuesta es: "¡No tengo la menor idea! los que van adelante deben saber". Simultáneamente, el que va adelante hace la misma pregunta y su vecino le contesta: "¡No tengo la menor idea! Habría que preguntarle a los que nos vienen empujando desde abajo". La moraleja es que si la masa se dirige en la misma dirección, no implica que esa sea la dirección correcta.

 

El quid de la cuestión pasa por saber si somos capaces de romper las cadenas de nuestra consuetudinaria esclavitud mental o si estamos tan automatizados que nos colocamos las esposas nosotros mismos y echamos la llave al río para que no se nos presente la "eventualidad" de la emancipación. La realidad nos indica sin cortapisas que todavía no se inventaron las alarmas que nos hagan despertar de ese letargo. Hay tradiciones que caen por su propio peso, sin embargo las seguimos practicando esbozando sonrisas de felicidad y agradeciendo a los diferentes dioses por sus "regalos". Interesante y muy oportuna la reflexión de Grace Murray Hooper: "La frase más peligrosa es: siempre lo hemos hecho así". 

 

Todo acto público encaramado para la diversión de las masas debe tener el obligatorio aditamento de sangre para que su poder de convocatoria sea descollante. La sangre genera ese factor de seducción, esos sentimientos encontrados que despiertan nuestra siempre latente morbosidad. ¿Por qué los informativos televisivos dedican la mayor parte de su espacio a crímenes espeluznantes? ¿Cuál es el motivo para que acaparen la mayor audiencia? ¿Por qué disminuimos la velocidad del auto para fisgonear un accidente de tránsito? ¿Qué razón lleva a los escolares a formar un círculo para ver pelear a dos de sus compañeros, en lugar de separarlos? Los detalles macabros acompañados de imágenes explícitas son del disfrute de la gente que se regodea con el sufrimiento ajeno.

 

No hay que desplazarse mucho para ver cómo se va moldeando la personalidad de los hombres del mañana. ¿Cuántas veces habremos visto a niños que matizan el hastío jugando con vídeos en los que los actores mueren como moscas? A menudo, en los Estados Unidos aparece un "loco" que mata sin causas aparentes a decenas de personas. Se comprueba luego que muchos de ellos eran aficionados a esos violentos juegos cibernéticos. En un mundo en donde se pasa de esa realidad virtual a la explícita a la velocidad de un simple parpadeo, es doloroso comprobar que ese ingrediente de disfrutar del sufrimiento ajeno forme parte de nuestro ADN.

 

 Comprendo perfectamente que la única salida que tuvo el niño para escapar de ese terrible acoso haya sido el suicidio, y lo comprendo pues amigos y conocidos míos hacen exactamente lo mismo conmigo, cuando me mandan fotos de cadáveres asados o chistes de muy mal gusto. La gran diferencia entre ese niño y yo es que el veganismo se introdujo en mi vida frisando los cincuenta años de edad, y a una edad madura importa poco y nada la opinión de la gente. 

 

Uno -que abrazó el veganismo con mucho ímpetu-, lo único que pretende es despertar a la Humanidad de esa siesta eterna, del efecto anestésico que nos provoca el consumo de producto derivados de animales. Un solo ejemplo ilustra de manera sublime que el mundo no quiere saber de nada con ese "fanatismo". Un gran amigo me pidió que no le mandara más literatura alusiva al tema, pues a su edad madura "quiere gozar de los 'placeres' de la vida, sin que nadie le esté lavando el cerebro". Por supuesto que deje las cosas por allí, pero fue una oportunidad única e irrepetible para haberle respondido: "los veganos no lavamos cerebros, solo tratamos de enjuagarlos de tanta basura acumulada a lo largo de la historia".  

 

El concepto de la no violencia o Ahimsa era viable para una rara avis o dos locos soñadores como Gandhi o Luther King, y la única forma que el "mundo racional" tuvo para acallar esas voces que "destilaban incoherencias" fue con lenguaje de las balas. La receta se repite a través de la historia: cada vez que aparece un romántico "molesto" tratando de modificar ciertas pautas es amordazado de forma violenta.

 

No me quedó otra alternativa que parafrasear a Gabo para ponerle título a esta nota, pues era de cajón o estaba en la tapa del libro que algo así iba a ocurrir algún día.

 

http://www.lasexta.com/noticias/sociedad/adolescente-vegano-suicida-sufrir-acoso-escolar-sus-companeros-que-tiraban-trozos-carne_2017092959cf3a8f0cf20201565b8e09.html

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