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Tributo a Islero

July 16, 2017

 Nacido en Córdoba el 4 de julio de 1917, hijo, nieto y sobrino de toreros, tomó la alternativa exactamente dos meses después de finalizada oficialmente la Guerra Civil. El paradigma del toreo mundial de todas las épocas, de aspecto macilento y figura endeble -que llamaba la atención por sus ojos grandes que irradiaban tristeza - moría el 28 de agosto de 1947 en la Plaza de Toros de Linares, e inmediatamente nacía el mito. Una cornada de Islero ponía fin a la “prodigiosa” carrera de "Manolete", que marcó las pautas -en lo que a “estética y elegancia” se refiere- a las nuevas generaciones de matadores de toros.

 

Su segundo toro de aquella fatídica tarde fue Islero (del afamado ganadero Miura), el cual aprovechó el error técnico del diestro de ejecutar la estocada con insolente lentitud, para hundir "hasta el infinito" su pitón dentro del muslo derecho del torero. El impacto -prácticamente irreversible- en la vena femoral le produjo una hemorragia de tal magnitud que a las pocas horas había dejado de existir. Islero pasó a ser leyenda; había sido tocado con la varita mágica para ejecutar a su verdugo y vengar así la memoria de los mil veintiún toros que Manolete había estoqueado durante su "prolífica" carrera.

 

Pero tan triste es el final de estos toros, que a Islero le quieren arrebatar la satisfacción y el orgullo de haber "puesto las cosas en su lugar", aunque fuera una vez en la vida. La polémica se desató muchos años después, cuando se trató de restar mérito a la encomiable labor de aquel recordado astado, pues la culpa del deceso del diestro se la atribuyeron a los noruegos que vendieron en mal estado el suero intravenoso que se le administró a Manolete. Arribar a una explicación tan antojadiza es una falta de respeto hasta para la memoria misma del torero. Esa supuesta verdad científica que quiso maquillar la muerte del torero como un accidente de la ciencia no fue contemplada por el fabricante de autos exclusivos Ferruccio Lamborghini, quien bautizó a uno de sus modelos del año 1968 como "Lamborghini Islero", devolviendo la gloria al emblemático toro, encargado de ajusticiar a un hombre que se había llevado a tantos de sus hermanos.

 

Miles acompañaron el féretro del diestro, sumidos en una congoja generalizada, como si se tratara de la muerte de un dignatario y los periódicos de todo el mundo se hicieron eco de la noticia.

 

Vaya pues, mi homenaje al gran Islero, que en la adversidad supo vender cara su digitada e inexorable derrota.

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